Leticia Dolera ya nos sorprendió con su anterior serie Vida perfecta, en la que a través de sus tres personajes femeninos abría la mirada a una generación de mujeres con sus muchos conflictos. Ahora en Pubertad da un paso más. Nos ofrece un interesante fresco del presente, haciendo un dibujo transversal e intergeneracional de los límites, la familia, y ofreciendo además una reflexión profunda sobre la masculinidad. A través de los diferentes personajes de diferentes edades, nos hace un semi-estudio de lo que fue, es y podrá ser la masculinidad con todos sus claroscuros.

Pubertat se convierte así en un ejercicio de ficción indispensable. No nos encontramos con fatalismo; existe una honestidad brutal que se debe sobre todo al trío de jovencísimos actores que se encuentran en una edad tan compleja como lo fueron sus interpretaciones. La serie nos obliga a hablar de los límites, del consentimiento y de entender que si no ponemos el ojo en las generaciones actuales estamos creando monstruos sociales que tienen demasiada información y desinformación, construyendo en ellos imaginarios distorsionados como el pornográfico. Sacar debate de una forma natural es una de las mejores cosas que hace, porque muchas veces la ficción es necesaria para que socialmente nos miremos nuestras heridas e intentemos hacer algo con ellas.

Más allá del tema, la serie es de visionado obligado, no solo por lo que aborda ni por cómo lo hace, sino también por unos personajes tan humanos, tan auténticos, que parece que puedas tocarles el brazo para darles un abrazo cuando lo necesitan. Y esa es la magia. Si en su anterior serie rozaba ciertos clichés que a veces sonaban a otras producciones del estilo, en Pubertat podemos ver un salto madurativo de Leticia Dolera, que nos confirma que se puede realizar una serie abiertamente feminista que también se autocuestiona, que busca dialogar con la sociedad y su momento. Cuando la ficción logra este tipo de cosas, señoras, es que estamos ante algo verdaderamente bueno.