En el grupito de madres del cole con las que suelo coincidir hay una que parece vivir en una competición constante. Sobre cualquier cosa: su casa, su coche, su trabajo, la densidad capilar de su marido y/o, cómo no, la capacidad intelectual de su hija.
La suya es una niña genial y muy educada, la verdad. Pero su madre está emperrada en que es la más inteligente de la clase, la que mejor se le da el deporte, la más coordinada, la más madura y lo más de lo más de todo lo que se te ocurra. Lo cual la ha convertido en la protagonista de las conversaciones de las demás en cuanto ella desparece de la escena. La verdad es que hay otro par que aprovechan la mínima para ponerla verde. Suelen rajar lo más grande en cuanto tienen ocasión y tratan de arrastrarnos a las que no queremos meternos en sus movidas. Hay una en concreto que no hay semana que no encuentre el momento de señalar que esa mujer se cree que su hija es la más guapa y lista del colegio.

Y yo no hago comentarios porque… porque yo sí creo que mi hijo es más guapo y más listo que la mayoría. Venga, ya lo he dicho.
Yo la entiendo. Es decir, no comparto esa necesidad suya de ponerse a ella, su hija, su familia y sus circunstancias en general por encima del resto del mundo. Lo que comprendo es que ella piense que su hija es poco menos que perfecta.
¿A quién no le pasa que, cuando alguien le cae bien, automáticamente le parece más guap@? Porque a mí sí. Y si eso me pasa con cualquier persona, ¿cómo no me va a pasar con mi hijo? Es inevitable. Mi hijo era el bebé más mono, ahora el niño más guapo. Mi hijo levantó la cabecita como 36 horas antes que la media de bebés, por lo menos. Sonrió antes que ninguno, aprendió los colores casi que él solito. Claro que es el más lindo y más espabilado, porque es el mío. Y eso que tengo dos. Y los dos lo son por igual. Porque son lo que más quiero en el mundo y me parecen maravillosos.

Incluso cuando me la lían, se portan mal o cuando hacen gala de esas partes de su personalidad que menos me agradan. Los miro y los veo en su conjunto, con sus virtudes y sus defectos y, con todo, tan perfectos. Los comparo con los demás y veo dónde ganan y donde pierden. Pero, honestamente, me da igual. Para mí siguen y seguirán siendo los mejores.
Así que sí, yo sí creo que mi hijo es más guapo y más listo que la mayoría. Pero también sé que es mi amor de madre el que me hace verlo de esa manera. Y que esto no impide que mi parte más racional y objetiva sea muy consciente de lo que mi hijo es y no es.
Anónimo
Envíanos tus movidas a [email protected]