Querido diario

El placer de cancelar un plan a última hora

Sabéis perfectamente de qué os estoy hablando, no os hagáis las longanizas. Conocéis a la perfección la sensación esa con la que te levantas un día cualquiera, esa sensación que tienes desde que amanece, ese ‘uffff, qué pereza quedar hoy’.

Te pasas todo el santo día así, lamentándote de lo que tienes que hacer esta tarde/noche, aunque queden más de ocho horas para que llegue el momento, pero da igual, da muchísimo gustito quejarse, para los adentros y en voz alta, si tienes a alguien a quien repetirle mil veces lo poco que te apetece irte a Matalascañas de senderismo tropical esta noche el placer se duplica. Es como que dejas clara y firme constancia en acta de lo buena persona que eres por sacrificarte.

Porque es así, aunque estés todo el día rumiando por la casa que no quieres ir, estás convencida de que vas a mover tu precioso culo hasta donde narices sea que has quedado. De hecho, si tienes interlocutor, probablemente lleno de hastío por tu pesadez como ser humano, en algún momento ya te habrá soltado eso de ‘pues chica, no vayas’. Golpe bajo, malditos, nunca es tan fácil.

‘¿¡Pero cómo no voy a ir?! Si el plan lleva organizado más de dos ciclos lunares.’ ‘Yo flipo, ¿cómo que no vaya? No, no, tengo que ir, que llevo sin ver a esta gente desde el paleolítico.’ ‘Ojalá poder cancelar el plan, pero es que ya les he dicho que no como un millón de veces y es como que me da cosilla.’

Tú te crees, crees en ti, de verdad que lo haces, firmemente además, te conoces de otras ocasiones y sabes que al final acabas yendo y de hecho luego nunca está tan mal la cosa. Confías en ti, eres fuerte. Irás.

Pero conforme se va a acercando la hora… Comienzan tus dos ‘yo’ a pelearse en tu interior. Primero de forma cordial debaten los argumentos que tienen ambos. ‘Dios, es que de verdad, no me apetece nada de nada’. ‘Venga va, que solo va a ser un ratito’. ‘Si lo sé, si yo estuviera ya allí, pues bueno, pero arreglarme, ducharme, pintarme, llegar… Uffff pereza’. ‘Que una vez que empieces ya verás como no cuesta nada’.

Esta fase dura dependiendo del tiempo que te quede para salir de casa y llegar decentemente puntual, si ha empezado a punto de tener que comenzar a arreglarte no dura prácticamente nada, pero si has empezado con un par de horas de antelación puedes sopesar cordialmente los pros y contras durante MUCHOS minutos.

Pero como todos sabemos, la cordialidad se acaba. Tus dos ‘yo’ cogen fuerza viéndose forzados a ganar el uno o el otro ante el inminente paso del tiempo. ‘Es que te juro por mi vida que prefiero morirme llena de dolores insoportables de regla antes que ir ahí ahora mismo’, ‘es que eres una valiente hija de puta, si no querías ir haber avisado la semana pasada o ayer o esta mañana, pero no, siempre a última hora’, ‘no he avisado antes porque pensaba que iba a ir, ¿¡¿¡vale?!?!, pero es que de verdad que no puedo, prefiero la muerte’, ‘eres la peor persona del mundo, me das asco, haz lo que te dé la gana’.

Y AHÍ ES DONDE LA PEREZA GANA LA BATALLA

Sorry, not sorry. El momento ‘haz lo que te dé la gana’. Haces lo que te da la santa y real gana, que viene a ser: mandar a tomar por culo a quien sea necesario para gozar de tu soledad en bragas, tirada en el sofá, haciendo absolutamente nada con tu vida.

De verdad, aunque parezca que no, el hecho de haber estado alargando lo inevitable es como que hacer que luego a última hora sepa todo mucho mejor. Porque de verdad tú creías en ti, te veías arreglándote, caminando bajo la lluvia, perdiendo el metro, cayéndote por la calle, muerta del asco y cuando de repente te visualizas en casa all night long tocándote el papo… CREO FIRMEMENTE QUE ESA ES LA SENSACIÓN QUE UNA TIENE CUANDO LLEGA AL CIELO.

‘Chicos, lo siento, que al final no puedo ir. De verdad que me apetece muchísimo, pero me es imposible, prometo que a la próxima no falto, sé que soy una persona horrible.’

A continuación pulsamos el botoncito de ‘modo avión’ y…

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