Estábamos preparando una escapada de amigas con el entusiasmo propio de este tipo de saraos. Cuando llevábamos algunos trámites ya avanzados, una de las participantes se vio los toros encima y se rajó. Por lo visto, venían a ponerle los sanitarios de la vivienda que se ha comprado y se había agobiado con lo que iba a tener que desembolsar. Un gasto incompatible con la escapada.
Yo no conocía muchos detalles sobre su futuro nuevo hogar, pero, por lo que supe después, se ha comprado una casaza de esas que hay en el centro de todas las ciudades y pueblos, enorme. De las que se compraban nuestros abuelos (los que podían) cuando sobraba el espacio, faltaba gente, tenían 7 u 8 chiquillos y los materiales de construcción estaban tirados de precio. Solo que la situación actual es radicalmente distinta y mi amiga trabaja en la sanidad sin plaza fija, con un salario normal y, por el momento, sin pareja ni hijos. Con ayuda familiar, eso sí. Entre el coste y la reforma, que es integral, le va a costar alrededor de 280.000 € o más, casi seguro.
Luego está el caso de otra amiga que vivía en una casa adosada de nueva construcción a unos 5-10minutos andando del centro, pagando religiosamente su hipoteca con su marido. Pero, de repente, le entraron unas ganas locas de mudarse a un barrio “bien” de la periferia que se había convertido en el sitio de moda, donde ya se habían mudado, al menos, otra amiga y algunas conocidas. Así que, en un impulso, puso su casa de catálogo en un portal inmobiliario y la vendió para irse a otra mucho más cara en la zona de moda, llena de familias “bien” jóvenes y con hijos pequeños. Sospecho que mi amiga quiso montarse una vida a lo “Mujeres desesperadas”.
La casa nueva, como digo, es un adosado en la periferia que no tiene nada a la mano, para todo hay que usar el coche. Alrededor de 250.000 láminas para vivir rodeada de vecinos de los que oye cada pelea y cada llanto, tanto de adultos como de niños. El típico sitio en el que un día llama a tu puerta una vecina para preguntarte que de dónde es tu ropa interior, que a su marido le encanta (esto ha pasado, verídico).

¿Estamos locas?
Estas casas carísimas de las que os hablo están en un lugar que no tiene especiales atractivos. Por habitantes es una ciudad pequeña, pero por alma es un pueblo de los del interior de España de toda la vida. No tiene centro comercial, ni cine, ni oferta cultural destacable, ni centros de educación superior, ni grandes fábricas, ni siquiera un transporte público decente, ya que solo hay autobuses de línea con una frecuencia insuficiente. Lo único bueno es que está a una media hora de la capital de provincia y que aquí vive toda la red de apoyo de las propietarias de las que os hablo, tanto familiares como amigos.
Ni que decir tiene que a mí esto ni me va ni me viene y que cada cual hace lo que quiere con su vida y su dinero, ni más faltaba. Solo comparto la reflexión en un sitio propicio para ello. Veo muy conveniente ser propietaria, sí. Yo misma estoy ahorrando para tener mi trocito minúsculo de parcela en este mundo, un lugar que me pueda permitir pero que sea mío, para tener dónde caerme muerta si todo lo demás falla. Pero, seamos realistas, ¿quién se gasta tremendos DINERALES en una casa, siendo una persona de clase trabajadora? Un chalet a las afueras, una finca, un piso en el centro de la capital, vale, pero ¿un adosado en una ciudad con un nivel de prosperidad cuestionable?

Las vanidades
A mí solo se me ocurre un motivo para hipotecarte hasta las cejas de esa manera, y es la vanidad. Una casa se sigue percibiendo como un bien material que es testigo de tu estilo de tu vida: casa grande = éxito; casa grande + barrio familiar de moda = élite.
A veces, una casa no es solo una casa, sino el refugio y carta de presentación de la clase media aspiracional que saca pecho, comparte sus logros, afirma que nadie le ha regalado nada y pierde la empatía hacia todos los que están por debajo porque, simplemente, no han trabajado lo suficiente. Obviando convenientemente que ellos han tenido unas oportunidades y un apoyo familiar que no todo el mundo tiene.
El epítome de la clase media aspiracional, con sus ínfulas, es mi ciudad. Aquí se acuñó la palabra “postureo”. Y una casa en el centro o en el barrio de moda es un elemento diferenciador, aunque para pagarla te tengas que llevar toda la vida comiendo en un platito de postre.