Creo que todo el mundo tiene recuerdos felices de las navidades de su infancia. Mesas llenas de gente, muchos primos con los que hacer trastadas, regalos por doquier y una familia permanentemente de buen humor. Yo no soy distinta, lo que sí es cierto es que viví pocas de estas navidades tan “idílicas”. Por unas o por otras, las enfermedades se fueron cebando con varios miembros de mi familia. Miembros jóvenes a los que les quedaba mucho por hacer.

Esto hizo que yo no fuera muy mayor cuando perdí la ilusión por que llegaran estas fechas. No por mí misma, evidentemente, sino porque los adultos a mi alrededor no se habían recuperado de una pérdida, cuando ya estaban asimilando la siguiente. La Nochebuena se convirtió en una cena donde sobraban sillas y silencio. Mis primos y yo nos acostumbramos pronto a no interrumpir ese ambiente sombrío y a mantenernos calladitos para evitar que las emociones negativas estallaran.

Así fueron pasando los años, y cuando, ya de adulta, me encontraba con amigos a los que la Navidad les provocaba un estallido de alegría, no podía sino envidiarles: seguramente no habían vivido ninguna desgracia en su familia, y tenían todo el derecho a celebrarlo.

Tanto interioricé mi recogimiento que ni siquiera participaba en las cadenas de felicitación a conocidos y amigos. Que personas con las que no me hablaba en 12 meses me escribieran para desearme felices fiestas me parecía hipócrita. A veces ni contestaba.

Pero al borde de mis 30 años, un día de Navidad, uno de los whatsaaps entrantes consiguió sorprenderme. Era Roberto.

 

Roberto era amigo mío desde la más tierna infancia, desde aquella época en la que disfrutaba de mis juegos sin miedo a ser reprendida por ello. Nuestras familias eran amigas, y habíamos vivido nuestros primeros años creciendo juntos, en la misma pandilla. Nuestros caminos se separaron cuando cada uno fue a una ciudad distinta a estudiar, y habíamos perdido todo contacto.

Hasta entonces. Su mensaje no me pareció hipócrita como los demás, sino sinceramente interesado en aprovechar el 25 de Diciembre para saber de mí. Me transportó a épocas de mi vida en la que ese día era también festivo en mi casa. Me cambió el humor. Cómo no contestarle…

Ambos estábamos en nuestra ciudad pasando las vacaciones, y le propuse vernos. Era complicado cuadrar una fecha, entre tanto compromiso navideño, pero hicimos por conseguirlo.

Cuando le tuve enfrente, me invadió la ternura. Habían pasado más de 10 años desde la última vez que nos vimos, pero el cariño se mantenía intacto. Se pasaron las horas poniéndonos al día. Me sentía verdaderamente en casa a su lado.

Ya llevábamos unos vinos cuando me confesó que siempre había estado colado por mí, ¡algo que no sospechaba en absoluto! Decía que fui su amor platónico de la juventud y que había pensado mucho en mí aquellos años. Cuando le pregunté por qué nunca me lo dijo, afirmó: “Porque era un cobarde. Pero ya he aprendido la lección…” Y me besó.

Aquello fue un 30 de diciembre. Desde entonces todos los planes que ambos teníamos para el año nuevo fueron sustituidos por pasos a dar para estar juntos. Misma ciudad, mismo proyecto, misma ilusión. Y hasta hoy.

Siempre digo que mi año comienza el 30 de diciembre, porque fue la fecha en la que una persona especial consiguió que me reilusionara por la Navidad.

 

Las Lunas de Venus