¿Qué hice yo en otras vidas para que me pase esto? Seguro que fui algún dictador o algo así heavy. 

Spoiler: Keep calm y cero dramas, todo está bajo control ahora, pero en aquel momento… 

Si me paro a pensar, llevo varios enamoramientos de guillotina. Los llamo así porque todas sabemos el final y, aun así, caemos en la tentación. ¿O son ellos los que caen en la nuestra? Porque si yo no tengo que dar explicaciones a nadie, si no tengo pareja, ¿tengo alguna responsabilidad si me lío con una persona que sí la tiene? 

 

Follodramas y cositas hot en whatsapp

Demasiadas preguntas y pocas respuestas. Todo dependerá de tus valores, de tu hedonismo, de tus anteriores vínculos, hasta de tu infancia. Pero no me quiero poner el disfraz de psicóloga ahora, vamos al chisme directamente. 

Como ya te he confesado en líneas anteriores, he tenido varios enamoramientos de guillotina, pero hay uno en concreto que me cegó. 

Han pasado cinco años del último tocamiento con él y aún lo pienso y me remueve. 

Lo conocí de casualidad o por causalidad, quién sabe. 

Fui a comprar donde él trabajaba (no diré dónde porque sería muy obvio). Una sonrisa un día. Pienso que simplemente es simpático. Está buenísimo, sí, pero me fijo en su simpatía. 

Al siguiente día se acuerda de lo que pido. Sonrisa y conversación. Bueno, estará siendo amable porque le caigo bien. 

Así, día tras día, cada vez que iba a su “tienda”, las conversaciones eran más interesantes y más íntimas, hasta que nos saludábamos con dos besos y un abrazo. Ay, qué abrazo (emoticono de caída de baba). 

Esa sonrisa ya me tenía atrapada. Sus músculos también, pero eso ahora no viene al caso. Un día voy con una amiga a enseñarle el lugar. Ya le había contado que me tenía hipnotizada ese chico, que si su mirada, que si el trato especial, que si sus brazos, que si la vergüenza que me daba cuando me sonreía… 

Llegamos allí y le digo: 

—Buenos días, A. Hoy vengo acompañada, traje a una amiga a probar tus manjares (me refería a lo que vendía, mal pensada). 

Acto seguido veo a mi amiga preguntándole por su mujer y los niños. 

¡WTF! 

Se conocían del barrio de toda la vida. 

Tierra, trágame. 

Patidifusa me quedé. Le pedí hasta perdón a mi amiga y ella me decía que no me preocupara, que si él no me lo había dicho, que igual se había separado, porque tuvieron una temporada complicada, parece ser. 

Acabé pensando que igual no quería nada conmigo, que simplemente estábamos teniendo un trato chulo de dependiente y clienta y yo veía fuego donde no había ni virutillas de madera. 

Me fui de vacaciones y tardé unos días en volver. 

Cuando llegué a comprar, me dijo: 

—¿Dónde estuviste? Te eché de menos.

Me agaché a coger las bragas que se me habían caído y, roja como un tomate, le expliqué sin tartamudear que estuve unos días de desconexión con mis hijos. 

Ahí ya estaba claro que, para él, yo era algo más que una clienta. 

Así que empecé la peli de acción. Al siguiente día que fui, le regalé un libro de los que había hecho y le dije que, por si me volvía a echar de menos, ahí tiene un trocito mío. Y voilà, esa misma tarde ya lo tenía en Facebook pidiéndome amistad. Amistad y un café. ¿Proposición indecente o simplemente café? 

Quedamos una mañana en mi casa para tomar café y, para no emocionarme por si eran alucinaciones mías y no quería nada conmigo, lo recibí en pijama. Nada sexy, un pijama entero del monstruo de las galletas, con capucha y todo. 

Tomamos café y hablamos. Nos acercábamos. Nos acariciábamos desde el respeto, hasta que lo abracé y pasó lo inevitable. Empezamos a besarnos como si no hubiera mañana, como si el aire para respirar estuviese en el cuerpo del otro. Madre mía, qué besos. Ese día no pasó nada más. Bueno, algún tocamiento, pero poca cosa. Quedamos otro día para tener una cita como tal, decente. 

Entre el día del pijama del monstruo de las galletas y la cita pasaron muchos días. Algunos en los que yo no quería seguir con eso porque pensaba en su mujer, otros en los que, cuando iba, nos escondíamos detrás de su trabajo a comernos las ganas y a besarnos el alma. 

La noche de la cita no fue para tanto. Igual hubiera preferido que no pasara y quedarme con el sabor de boca, nunca mejor dicho, de lo que podría haber sido. 

Yo me curré una noche muy especial, con lencería cañera, cena y vino. Era coleccionista de momentos, así que quería que fuera único e inolvidable. 

En el momento lo fue, probé su carne como postre. Antes cenamos y acabamos la noche abrazados, después de mucho rato de sudor y aliento. 

Dormimos poco, hasta que se tuvo que levantar para ir a trabajar. 

No había maldad en lo nuestro, solo nos dejamos llevar por los sentimientos y el deseo. Era algo tan especial que no sé describirlo en palabras. 

Volvimos a vernos en su trabajo, bajo una tensión sexual que se podía cortar, pero no volvimos a quedar. 

Hasta el día de la despedida. 

Yo me tenía que ir, me mudaba de ciudad, y le dije de vernos para despedirnos, pero ese es otro cuento. 

Aún pienso en él muchas veces y en lo que nos hicimos sentir. ¿Estuvo mal, estuvo bien? Nuestro amor no entendió de mensajes morales. 

A partir de entonces, no he vuelto a tener enamoramientos de guillotina, es decir, a quedar con nadie que tuviera una relación monógama estable. Ya no estoy para deportes de riesgo ni para que salgan heridas varias personas.

 

Envía tus movidas a [email protected]