**Relatos**

Parecía que iba a ser una noche más, de esas en las que bebíamos cervezas como albañiles recién cobrados, íbamos a la Vogue buscando guerra y acabábamos de madrugada desperdigadas por Granada, con el norte completamente ahogado en alcohol, tiradas en cualquier sofá de piso de estudiantes, sin saber muy bien cómo volver a casa y comentando la jugada en el grupo de WhatsApp llamado “Muro de las Lamentaciones”.

Follodramas y cositas hot en whatsapp

No sé cómo ni cuándo desapareció ese grupo, pero menos mal que lo hizo, porque si quedaran pruebas de aquellas noches algunas no podríamos salir tranquilas a la calle.

El caso es que, no sé por qué, esa noche no fue así. Cervezas, cubatas y sexo hubo, pero de alguna manera, antes de que terminara la noche, nos volvimos a juntar las cuatro.

Elena estaba empezando algo con el camarero de la discoteca y le daría lo suyo cuando cerraran. Ana se conformó con un polvete rápido en el baño. Sonia había quedado en irse a dormir a casa de un follamigo con el que llevaba viéndose unos días.

Conclusión: mi menda lerenda se quedaba compuesta y sin novio esa noche.

Ese fue el tema principal del trayecto de vuelta en taxi. Yo me senté detrás y mientras ellas comentaban sus jugadas y se reían de mi noche, el taxista me miraba por el retrovisor. Se fueron bajando todas y yo me quedé sola en el coche.

 Él me invitó a sentarme delante y durante el trayecto no paró de mirarme el escote y las piernas mientras me preguntaba tontadas sin ningún interés real.

Yo creía que me estaba lanzando señales, pero cuando llegamos, tocó el botoncito para ver cuánto iba a clavarme, me dijo el importe, cogió el dinero… y se fue.

Subí las escaleras más cabreadas que un chino y me empecé a desnudar cachonda perdida porque no sé si era el taxista más atractivo que he visto en mi vida o si yo estaba salida como una puerta, pero las ganas de trincármelo habían ido creciendo exponencialmente conforme se sumaban kilómetros a la carrera.

Ya estaba en bragas cuando tocaron al porterillo. Era él. El taxista.

—Son las 07:00, justo ahora acaba mi turno… ¿puedo seguir la carrera en tu cama?

Y allí estuvimos, corriendo una maratón hasta el mediodía, vamos carrera más larga que esa no ha hecho en su vida. Recogió sus cosas y se fue.

En ese momento me pilló receptiva y no lo pensé demasiado. Pero con el paso del tiempo puedo decir que, si llego a saber cómo iba a acabar la noche… no le pago el porte.