Mi mujer siempre ha tenido gatos. A mí al principio, cuando éramos novios, me imponían muchísimo respeto, pero luego me acostumbré. Entendí que ellos eran los dueños de la casa y los que decidían cuándo querían caricias, cuándo tenía que evitar acercarme e incluso dónde sentarme para no molestarles.
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Lo habitual era que yo fuera a comer, a ver alguna película y a darnos algunos besos robados al principio de la relación. Normalmente, cuando me acercaba a ella y la besaba alguno de sus gatos se acercaba y se enroscaba sobre su barriga. Era como marcar el terreno un poco y también para demostrarme que quien mandaba era él, o ella. Los gatos nunca fueron un impedimento y tras unos años de noviazgo terminamos casándonos. Ella siguió con su costumbre de tener gato y a mí no me molestaba…hasta que protagonizamos la siguiente anécdota.
Adoptamos a Rómulo. Una chica joven del mismo edificio había sido diagnosticada con alergia severa al pelo de los gatos y nos preguntó si lo podíamos adoptar. Así, ella podría ver al gato unos minutos y mantendría cierto contacto con él. El periodo de adaptación fue muy bien y el animal se encariñó mucho con mi mujer. Siempre estaba con ella, dormía sobre ella y quizá había entendido que su dueña legítima tenía un problema y que su nueva madre postiza le iba a seguir dando la buena vida que se merecía. Conmigo se llevaba bien y era de lo más zalamero cuando quería comer, dormir a gusto, o buscar refugio si había hecho alguna trastada y no quería enfrentarse a mi mujer.
Al principio de nuestro matrimonio todavía teníamos la inercia, heredada del noviazgo, de tener intensas sesiones de sexo. Era domingo por la mañana y antes de desayunar comenzamos a besarnos, a acariciarnos y con los preliminares que te imaginas. Comenzamos el acto con el misionero y luego ella se puso a cuatro patas. Yo estaba de pie y ella en el borde de la cama, ya que así nos resulta más fácil cambiar el ritmo y no hundirnos en el colchón.
Pues cuando estoy dándole más fuerte, siento ahí abajo unas cosquillas que me estaba provocando Rómulo. Se había metido sigilosamente entre las piernas de mi mujer y estaba frotándose contra ella. Luego, se fue para un costado de ella y siguió haciendo lo mismo. Ahí ya empecé a temerme lo peor.
A renglón seguido, llega a la cabeza de mi mujer, se gira y mientras me mira, se sienta sobre sus patas traseras y se pone a hacer movimientos adelante y atrás como imitándome. Incluso movía alguna de sus patas para lanzar puñetazos al aire y abría los ojos. Era como el entrenador de un boxeador y, qué quieres que te diga, nos dio la risa al verlo y dimos por terminada la sesión.
Tras desayunar, llegó la vecina para estar un poco con Rómulo y le pregunté si el gato tenía alguna costumbre cuando ella estaba con alguno de sus novios. Respondió que «si no le gustaban, solía arañarles. Si le gustaban, se rozaba y se movía como dándoles consejos para que lo hicieran mejor». «Voy bien entonces» respondí provocando la carcajada de mis acompañantes. El gato erótico hace algunos años que se fue para siempre. De todos los que vinieron después, ninguno tuvo esa costumbre. Es más, en cuanto observaban que había movimiento, se iban a tumbarse al sofá y a dormir tranquilamente. Siempre recordaremos a ese gato voyeur. ¿Sería alguien reencarnado que simplemente quería que quien estuviera con su dueña lo hiciera lo mejor posible? Curiosidades de la naturaleza que nunca llegaremos a descubrir, ¿no crees?