Desde muy jovencita, he visto a mi madre esclavizada con el tinte, gastando dinero y tiempo en algo que es un proceso totalmente natural, yendo a la peluquería a perder toda la mañana y aplicando tratamientos carísimos para que el pelo no se estropee con los productos químicos. Yo nunca he querido eso para mí y siempre he tenido claro que no me iba a teñir nunca, que esa esclavitud no va conmigo.
Hoy, a mis 44 años sigo pensando lo mismo y me siento totalmente libre. Mi cabello empieza a vestirse de plata y lo veo como un proceso más por el que mi cuerpo pasa, uno de tantos por los que ha pasado y seguirá pasando.