Vaya por delante que un hombre también se puede enamorar, faltaría más. Parece que el amor es patrimonio de las mujeres y no es así.
Sucede que el concepto de follamistad es una falacia, una excusa posmoderna para obtener sexo sin compromiso y ya está. Pero el sexo está incrustado en nuestro cerebro primigenio (el del Homo Sapiens Sapiens) porque tiene un fin: la procreación. Y para que eso suceda, tiene que haber vínculo. Aunque el mundo ha cambiado y las relaciones también, la oxitocina hace de las suyas en las mujeres y la vasopresina en los hombres.
Para una mujer, los riesgos del embarazo y el parto son mayores. Así, necesita un vínculo, algo más que sexo para sentirse segura. El hombre no tanto, porque su función es asegurar que esa descendencia es suya y punto. Traducido al mundo actual: tras un número importante de citas y sexo, es más probable que una mujer empiece a pensar en el futuro y a cuestionarse el famoso «¿Qué somos»?, mientras que el chico va día a día, disfrutando del momento. Incluso la respuesta sexual es distinta: el hombre es visual y explosivo, mientras que la mujer es gradual y lenta, necesita más ambientación, cuidado, caricias… Así llega el momento en el que la chica ya se ha montado su peli sobre la relación y el chico todavía no se ha enterado de que hay una peli…