GRACIAS. En serio, gracias. Porque, a ver, lo que digan en un foro de internet un montón de desconocidos no es para tomarlo muy en cuenta, pero la verdad, da gloria encontrarse con alguien empático y que lee, en lugar de los típicos equidistantes «ay, muy mal las dos». Son como las maestras imbéciles que se pasaban la clase leyendo el Pronto y que, después de que Pepito haya tirado de las trenzas a Juanita, le haya tocado el culo y la haya insultado, cuando Juanita contesta con un bofetón, se niega a escucharla y dice «los dos habéis hecho mal, así que los dos os quedáis sin recreo». No, señoras, no es así la cosa.
Le he pasado muchas a mi hermana, muy gordas, desprecios serios de estos que te los hace un tercero y no le vuelves a hablar, y siempre he dicho «venga, no tiene importancia», porque sé que es mi hermana y me quiere y porque eran destinados a mí. Pero ya cuando se trata de mis hijos, pues me cuesta más ese ejercicio y más cuando le digo que son cosas que me hieren y nunca he visto por su parte el menor propósito de cambiar, sólo decirme que soy una exagerada y nada más. Ya hace unos meses, en el cumpleaños de mi hija, le llevó a ella una cajita de seis colores y a su hijo un maletín de pinturas porque «es que todo no puede ser para ella, aunque sea su cumpleaños, si a él, que es el pequeño ve que nadie le da nada, va a tener celos», y yo me callé y tragué. Pero son cosas que duelen, y mi marido también estaba ya muy harto, y mis padres se lo habían dicho también, y siempre es igual «ay, qué exagerados sois, por hacerle un detallito a un niño, es que no tenéis piedad de él, y eso que es el pequeño, hay que consentirle un poquito».