O sea, que le obligas a tu amiga que, en tus propias palabras, es tímida y estaba más nerviosa que tú el día de tu boda, a leerte un discursito en público y te enfadas cuando la caga? ¿Te has parado a pensar el nivel de ansiedad que tendría la pobre para ponerse a beber como si no hubiera un mañana para poder pasar el mal trago? ¿Y lo avergonzada que se tiene que sentir? Porque para ti es el día de tu boda y eso se convertirá en una anécdota graciosa, pero la que tiene que vivir con haber hecho semejante ridículo y encima con tu decepción es ella. A ver si lo pensáis todos un poco antes de poner a la gente en esos compromisos, que no a todos nos resulta sencillo hablar en público. Y poco tiene que ver lo bien que escribamos.