La respuesta es «vale, señora, porque ya no tengo que llamarla «mamá», si esa es tu forma de proceder, en lugar de bajarme aquí con frecuencia, verte, cuidarte, hablar contigo y que seamos amigas, puesto que para ti sólo soy una enfermera y a las enfermeras se las paga, no vas a volverme a ver. No pienso bajar ni en navidades, ni volverte a llamar nunca; si quieres hablar conmigo, llamas tú. Y ya veré si te lo cojo, porque lo mismo estoy ocupada. Que te aproveche tu herencia que yo, gracias a Dios y a mí -que no a ti- no la necesito».
Y que la den. Vamos a ver, si tiene pataletas de niño pequeño «pues si no eres mi amiguito, no te doy carameeeloooooooooos», uno se da la vuelta y ya está. A ver si cuando lleve una semana sin hablar con su única hija, no lo dobla las manos. Si no lo hace, ya sabes que quiso más a su orgullo que a ti.