Justo iba a comentar lo que Andorrana ha aportado.
El castigo, para que funcione, tiene que ser contingente y proporcional a la infracción.
Lo único que están aprendiendo los menos traviesos es que merecen ser tratados como los peores.
Sí busca pedagogía creativa, el maestrucho, que le dé un premio a los que se porten bien nada más y que los deje salir a todos porque jugar es un derecho de la infancia.