La dictadura de la belleza tiene dos putadas: 1) tu cuerpo se convierte en un activo económico cuando trabajas de cara al público y más cuando el mercado es precario, 2) el ser humano se entiende, mira y quiere a través del cuerpo. Ya si eres mujer y desde pequeña te meten en la cabeza que tienes que entrar en unos cánones para ser querida, apaga y vámonos.
Yo me he obsesionado con mi peso aún siendo una canija de metro cincuenta y 52 kg. Veía a las mujeres de mi familia frustradas con su cuerpo y dietas que compensaban con atracones. También mi padre se odiaba a sí mismo por estar gordo, en su caso lo pagaba conmigo diciéndome que nadie me iba a querer si comía más pan aunque luego me llenaba el plato de fritanga por encima de sus posibilidades. Aunque me dijeran que era guapa, yo siempre escuchaba un pero. De adolescente, mezclé los atracones de comida con odio por mi cuerpo y beber a escondidas para sentirme mejor. Odiaba las palabras rellenita, resultona, del montón, me hacían sentir que sólo sería feliz si conseguía el ideal de la báscula de la farmacia de pesar 48kg.
No me sentía querida ni atraía a los chicos, lo achacaba a que era demasiado chicazo y gorda sin serlo. Más tarde, empecé a abrirme e ir de botellón con amigos metaleros frikis. En esa época, con unos 16 años fui violada por otro metalero de mi edad. No dije nada en casa y de cara a la galería actúe como si estuviera bien. Me dije a mí misma que necesitaba un hombre que me protegiera y mi propósito era conseguir su atención aunque en el fondo me dieran miedo, ya que sola no valía nada. Es gracioso que algunos y algunas consideren que, si alguien se empalma contigo, es un halago sea quien sea, como los comentarios obscenos por la calle. Yo me sentí todavía más fea después de que decidiera «halagarme». Aprendí a pintarme los ojos y disfrazarme de chica seductora para no ser yo. Quizás no engordé porque todo lo que cenaba los fines de semana acababa en el andén del metro o la parada del nocturno, pero comía por ansiedad. Después de comer, me sentía una mierda y tomaba laxantes o esquivaba otras comidas.
Por supuesto, yo negaba que me ocurriera nada. «Yo no soy una víctima de esas, a mí los novios no me pegan», «no tengo problemas con la bebida, sólo bebo cuando estoy feliz, cuando me frustro, cuando me enfado, cuando no sé hablar con alguien, los martes, pero soy una tía molona», «yo me quiero mucho, sólo odio mi cara, mi eterno acné y pesar más de 48kg, pero tengo mucha autoestima», esa era yo.
El alcohol he logrado medirlo, superé bastantes de mis complejos con los hombres y estoy en el proceso de amar mi cuerpo. La cocina me ha enseñado a amar la comida y esta página me ha ayudado muchísimo y gracias a ella he aprendido a reconocer, no sólo mi propia gordofobia, sino también mis conductas no tan sanas con la comida y el peso. Antes me angustiaba si me pesaba y veía que había subido a 49,4 kg y ahora por lo menos ya no me aterra saber que peso 54 con 1,55m. Por supuesto que es una tontería y poco o nada tiene que ver con las experiencias que muchas personas han sufrido de gordofobia. Lo triste es que yo viera que ser gorda es malo y me odiase por una grasa que no tengo. Quiero dejar algún día de sentir el primer sobresalto cuando veo mi peso o que un pantalón no me vale y de asustarme por la noche cuando vuelvo a casa, pero poco a poco me iré construyendo.
Todas a su manera pasamos por experiencias similares y espero que cada vez más gente se ame a sí misma con sus kilos,su cuerpo y su vida.