El feminismo calls al autobullying

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  • Raquel
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    Raquel on #87282

    Creo que mi pequeña historia no es solo mía, es nuestra. Digo nuestra porque sé que muchas, por desgracia, muchísimas chicas se verán identificadas con lo que escribo. Pero está teniendo un desenlace feliz, feliz gracias a lo que hoy en día tantísima gente tacha como crimen: el feminismo. Permíteme decirte que va más allá de que lo que crees, marichulo.

    Tengo diecinueve años, mido 1.76 y peso 71 kg. Mi índice de grasa corporal es de 22.3% (lo que viene a ser, bastante bueno). Analíticas, bien. En general, soy una persona bastante sana. Sin embargo, pese a estar dentro de lo que se considera «normal», la gran frustación de no poder llegar a ser lo que se denomina «perfecta» ha llegado a ser un bullying constante. Un bullying interno, de mí, para mí. Muchas mañanas, antes de ir a clase, si me miraba al espejo era con la luz apagada (viéndose lo mínimo). Si alguien la encendía, alguna que otra vez fingía sentirme mal para no ir a clase, me sentía fea, gorda, como si fuera el ser más horrible del universo. Nunca fui chica de muchos halagos, pero tampoco de insultos. Sentía que quizá todo el mundo le incomodara mirarme tal y como me pasaba a mí.

    Al ser alta, siempre he tenido tallas un poco más grandes que la mayoría de mis amigas, 40-42, yo me acababa frustrando. Me sentía fatal. Me acuerdo la primera vez que mi madre me compró una chaqueta que era una «L». Ese día lloré muchísimo, lo pasé realmente mal. Y eso, que nunca llegué a ser una chica de tener unos «kilos de más».

    A medida que iba creciendo la cosa iba torciéndose aún más. A las personas gordas, les dicen constantemente -como gurús de la salud, mientras se fuman un par de cigarros-, que deberían bajar peso para mejorar su salud. A mí muchas veces me decían que si tonificara o bajara un poco de peso estaría «perfecta». ¿Perfecta para qué? Ni que mi ilusión en la vida fuera ser monitora fitness como para estar de fibra pura. Miraba todas las calorías (aunque me lo seguía comiendo), más de una vez evitaba salir para no comer alimentos que engordaran. Pero mi físico no sólo cambiaba a medida de los años, yo también.

    Siempre he tenido unos principios inamovibles, pero de resto me he dejado llevar mucho. He tolerado de otras personas comentarios muy machistas sólo porque se menospreciaba a otra chica en torno a mí, tipo «Es que ¿a dónde va esa culocarpeta? tú tienes mejor culo?» o «¿No fumas? Pues mejor, porque una tía que fuma queda súper feo y hortera». Me he decepcionado muchísimo.
    A medida que pasaban los meses me volvía más insegura, sentía que le caía mal a todo el mundo, aunque no fuera así, pero me sentía muy pequeña al lado de cualquier persona (aunque tenía mucho carácter). Cada cosa que hacía sentía que podía molestar a alguien, que a la gente yo le daba igual. Lloraba casi todos los días, no quería salir, estando preparada para salir de fiesta, me rajaba, me quitaba el maquillaje y me echaba a llorar. Para colmo, no he tenido muy buen ojo con los tíos, supongo que porque me he ido siempre a los de palabra fácil para sentirme querida cuando yo no lo hacía. Aceptaba cualquier cosa, aceptaba ser un amor de segunda y mentía sólo para sentirme querida, aunque sabía que no era verdad, y que sería efímero. R I D Í C U L A era la palabra que más retumbaba en mi cabeza. Dejé de quejarme, no porque me sintiera mal, sino porque pensaba que la gente me tachaba de victimista, ya que mi vida en general siempre ha sido muy buena, externamente.
    Mis complejos me hacían perderme muchas cosas -y a muchas personas- y yo no era capaz de verlo.

    Entonces, empecé a leer un poco más de feminismo, y a vosotras, en una etapa muy muy negra, de llorera cada día, de días de encerrona uno tras otro. Las primeras páginas me rompieron el corazón, porque me sentí muy identificada. Pero por otro lado empecé a decir: «joder, es verdad, ¿y si tengo estrías o celulitis? ¿qué ocurre? ¿molestan a alguien? ¡Si a mí en el fondo me dan igual!» y empecé a replantearme cosas que nunca me había planteado, lo más básico: que nuestro cuerpo es nuestro y si tú estás cómoda en él, ¿qué más da? Cuando dijisteis «gordas es un adjetivo, como alta o delgada, el problema es que se ve como un insulto» mi mundo fue cambiando. Ahora solo me faltaba razonar si mi cuerpo me incomodaba o era la sociedad la que me hacía sentir que me incomodaba. Seguí indagando, leí sobre la hipersexualización del cuerpo femenino, de las doctrinas de la moda y las multinacionales sobre las mujeres, sobre muchas chicas como vosotras, y de verdad, es liberación. El feminismo es LIBERACIÓN. Liberación de no seguir normas sociales, liberación de estar en tu cuerpo y no llorar cuando te miras al espejo. Liberación. La primera revolución es sentirte hermosa. ¿Cuántas mujeres no llegan a conseguir lo que se proponen, porque, entre otras cosas, se miran al espejo y ven una hoja débil, una persona que no vale? Creo que amarte a ti misma es clave en el feminismo, es la base, es amarte encajes o no en los canones. Porque cuando eres muy delgada, «nadie quiere a un saco de huesos», cuando tienes kilos de más, «nadie quiere a una gorda» y cuando estás en la mitad «si bajaras un pelín de peso…». Es infumable. Es insufrible.

    De verdad, gracias comunidad WLS y feministas, tanto hombres como mujeres, por hacerme a mí, y a mujeres como yo, libres de farsas impuestas. Libres de mirarme en el espejo, tener unas orejas del demonio y pensar qué me favorece un montón el toque oso panda. De poder reírme de mi cuerpo. De ser capaz de plantarle la mosca a cualquier persona, independientemente de su género que sea capaz de criticar un cuerpo ajeno. De aplaudir a las gordas que se ponen mallas, de aplaudir a los hombres que se maquillan, de las mujeres bajitas que se ponen faldas largas y de las que visten como les apetece, ya tengan la mayor celulitis del mundo, unas tetas gigantes, no tengan mucho culo o entren tanto en una 34 como en una 48. Os quiero. Y os voy a defender siempre por hacer que me vaya liberando de esta voz interna. que sí, que hay recaídas. Pero venceremos. Cuesta, al menos a mí aún me cuesta. Pero sigo.


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    Raquel
    Invitado


    Raquel on #87283

    Pd: me gustaría conocer gente que ha vivido cosas asi, compartirlas, reirnos de nosotras y desahogarnos. Un beso!

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    Sheri
    Invitado


    Sheri on #87423

    La dictadura de la belleza tiene dos putadas: 1) tu cuerpo se convierte en un activo económico cuando trabajas de cara al público y más cuando el mercado es precario, 2) el ser humano se entiende, mira y quiere a través del cuerpo. Ya si eres mujer y desde pequeña te meten en la cabeza que tienes que entrar en unos cánones para ser querida, apaga y vámonos.

    Yo me he obsesionado con mi peso aún siendo una canija de metro cincuenta y 52 kg. Veía a las mujeres de mi familia frustradas con su cuerpo y dietas que compensaban con atracones. También mi padre se odiaba a sí mismo por estar gordo, en su caso lo pagaba conmigo diciéndome que nadie me iba a querer si comía más pan aunque luego me llenaba el plato de fritanga por encima de sus posibilidades. Aunque me dijeran que era guapa, yo siempre escuchaba un pero. De adolescente, mezclé los atracones de comida con odio por mi cuerpo y beber a escondidas para sentirme mejor. Odiaba las palabras rellenita, resultona, del montón, me hacían sentir que sólo sería feliz si conseguía el ideal de la báscula de la farmacia de pesar 48kg.

    No me sentía querida ni atraía a los chicos, lo achacaba a que era demasiado chicazo y gorda sin serlo. Más tarde, empecé a abrirme e ir de botellón con amigos metaleros frikis. En esa época, con unos 16 años fui violada por otro metalero de mi edad. No dije nada en casa y de cara a la galería actúe como si estuviera bien. Me dije a mí misma que necesitaba un hombre que me protegiera y mi propósito era conseguir su atención aunque en el fondo me dieran miedo, ya que sola no valía nada. Es gracioso que algunos y algunas consideren que, si alguien se empalma contigo, es un halago sea quien sea, como los comentarios obscenos por la calle. Yo me sentí todavía más fea después de que decidiera «halagarme». Aprendí a pintarme los ojos y disfrazarme de chica seductora para no ser yo. Quizás no engordé porque todo lo que cenaba los fines de semana acababa en el andén del metro o la parada del nocturno, pero comía por ansiedad. Después de comer, me sentía una mierda y tomaba laxantes o esquivaba otras comidas.

    Por supuesto, yo negaba que me ocurriera nada. «Yo no soy una víctima de esas, a mí los novios no me pegan», «no tengo problemas con la bebida, sólo bebo cuando estoy feliz, cuando me frustro, cuando me enfado, cuando no sé hablar con alguien, los martes, pero soy una tía molona», «yo me quiero mucho, sólo odio mi cara, mi eterno acné y pesar más de 48kg, pero tengo mucha autoestima», esa era yo.

    El alcohol he logrado medirlo, superé bastantes de mis complejos con los hombres y estoy en el proceso de amar mi cuerpo. La cocina me ha enseñado a amar la comida y esta página me ha ayudado muchísimo y gracias a ella he aprendido a reconocer, no sólo mi propia gordofobia, sino también mis conductas no tan sanas con la comida y el peso. Antes me angustiaba si me pesaba y veía que había subido a 49,4 kg y ahora por lo menos ya no me aterra saber que peso 54 con 1,55m. Por supuesto que es una tontería y poco o nada tiene que ver con las experiencias que muchas personas han sufrido de gordofobia. Lo triste es que yo viera que ser gorda es malo y me odiase por una grasa que no tengo. Quiero dejar algún día de sentir el primer sobresalto cuando veo mi peso o que un pantalón no me vale y de asustarme por la noche cuando vuelvo a casa, pero poco a poco me iré construyendo.

    Todas a su manera pasamos por experiencias similares y espero que cada vez más gente se ame a sí misma con sus kilos,su cuerpo y su vida.

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