Tengo una amiga de hace más de treinta años que, cuando era mucho más joven, se fue a vivir una temporada a Francia. Allí conoció a un chico, se enamoraron y, al poco tiempo, decidieron volver a España, donde vivían ambas familias. Hasta aquí, todo bastante normal.
El tema —o el “temón”— viene después.
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Ese chico maravilloso del que se enamoró, que la trata como una auténtica diva (que, por cierto, es lo mínimo que merecemos todas), es de origen marroquí y practicante de la religión musulmana, igual que toda su familia. Y ella tiene con ellos una relación estupenda. Tan estupenda que, con el tiempo, decidió convertirse.
Y aquí es donde yo empiezo a removerme.
No porque sea musulmana. En absoluto.
Sino porque tiene que vivirlo en silencio. A escondidas.
En el trabajo nunca lo ha expresado ni lo muestra. Viste como cualquiera de sus compañeras, no lleva hiyab y procura pasar desapercibida. Durante el ramadán, hace auténticas “bombas de humo” para no coincidir en el comedor con los demás y evitar tener que dar explicaciones. Y una vez me confesó algo que me dejó helada: ni siquiera se lo ha contado a su padre.
Y esto, sinceramente, me indigna.
Porque vivir así no es solo “ocultar una creencia”. Es algo más profundo.
Es vivir con una especie de doble identidad: una parte de ti que eres de verdad, la que crees, la que sientes, la que eliges… y otra que enseñas al mundo para no generar preguntas, incomodidad o juicio. Como si tuvieras que dividirte en dos versiones de ti misma para poder circular por la vida sin conflictos.
Y eso, con el tiempo, agota.
Agota el hecho de estar constantemente midiendo lo que dices, lo que haces, lo que comes o lo que explicas. Agota esa vigilancia interna continua, como si siempre hubiera una pequeña parte de ti observándote desde fuera para asegurarse de que no “te sales del guion”.
Y lo más duro quizá no es eso, sino la sensación de no poder ser del todo quién eres. De tener una parte auténtica que solo puede existir en espacios seguros, privados, casi secretos. Como si lo que te da sentido, lo que eliges libremente, tuviera que esconderse para no incomodar a los demás.
Quizá también porque yo soy profundamente atea —de las que solo creen en el nihilismo activo de Nietzsche, esa idea de que, si la vida no tiene un sentido dado, somos nosotros quienes debemos crearlo— y me cuesta entender por qué sigue existiendo tanta reticencia hacia una religión, especialmente la musulmana. Hay una tendencia social bastante extendida a etiquetarla como “mala”, basándose en las acciones de una minoría radical y olvidando que la historia de las religiones, incluida la cristiana, también está llena de episodios de violencia como las Cruzadas o, en el caso de España, la expulsión de musulmanes impulsada por los Reyes Católicos.
Mi amiga es una persona excelente y una profesional brillante. Ser musulmana no la define. Además, cada cual vive la religión a su manera, ¿no debería ir de eso? De encontrar un espacio donde sentirse en paz, acompañado, en casa.
Es verdad que mi mirada tiene un sesgo claro: el ateísmo. Pero, curiosamente, a mí nadie me cuestiona ni me juzga por no creer en nada. Entonces, ¿por qué ella tiene que esconder aquello que la hace feliz, que le da sentido y que forma parte de su vida?
De verdad, ¿no podríamos dejar que cada uno viva su religión —o su ausencia de ella— con libertad, sin saltarnos al cuello? Mientras no se haga daño a nadie, ¿por qué sentimos la necesidad de opinar, señalar o juzgar?
Sé que este es un tema complejo. Sé que hablar de religiones —y de cómo se viven en determinados contextos— puede generar incomodidad. Y lo dejo claro: no apoyo en absoluto ninguna práctica que vulnere derechos humanos, especialmente los de las mujeres y los niños.
Pero, más allá de eso, sigo pensando lo mismo: si no haces daño a nadie, deberías poder vivir como quieras.
Y ojalá llegue el día en que mi amiga no tenga que esconderse para hacerlo.
Parvaty