FUI A UNA PRUEBA MÉDICA… Y ACABÉ ATRAPADA
Tenía yo programada una revisión anual de esas que te hacen una ilusión… bueno, ilusión no, pero tranquilidad sí. De esas que te agendas con meses de antelación porque, claro, llega un momento en la vida en el que una ya se revisa por dentro con más frecuencia que la nevera.
Así que ese maravilloso 28 de abril de 2025, a eso de las 11:30, tenía yo mi cita con el departamento de ginecología y obstetricia para revisar el aparato reproductor y mis ya míticos lenguados colganderos. Todo en orden, como cada año.
Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado
Limpia, puntual y mentalmente preparada (o eso creía), me presento. La cosa va con retraso —sorpresa cero— y allí estoy, en la salita, esperando mi turno para ponerme esa bata tan favorecedora que te deja a medio camino entre paciente y croqueta.
Y, por supuesto, llega el momento estrella: espatarrarse mientras te dicen la frase de siempre:
—Baja un poquito el culete más para delante.
¿Soy yo o eso viene en el contrato del ginecólogo? Porque a mí me lo dicen SIEMPRE. Años de experiencia y la coreografía no cambia.
Total, que me llaman, entro, y la ginecóloga me dice que primero haremos la mamografía para ir adelantando mientras luego me explora el “kiwi” por dentro (término científico de alto nivel).
Y allá voy yo, con la bata abierta por delante, camino del aplastatetas. Intentando mantener la dignidad, pero sabiendo que ya la he perdido por el pasillo.
Me explico: yo soy de pecho grande. Además, como ya he dicho, tengo los pechos caídos por tres razones evidentes: he sido madre tres veces, la gravedad hace su efecto y tengo una edad. Así que mis tetas son como dos lenguados: caídos, blanquecinos en invierno y con el pezón mirando al suelo. Todo muy erótico, pero, mira, es lo que hay, chicas.
Pero, oye, esto tiene su ventaja. Cuando me colocan en la máquina y me dicen:
—Pon el pecho aquí
yo agarro mi lenguado, lo despliego con arte sobre la plataforma… y como aquello se desparrama sin complejos, el aplastatetas apenas duele. Optimización de recursos, amigas.
Lenguado uno: superado. Todo correcto.
Vamos con el lenguado dos. Lo coloco, baja la maquinita… y de repente:
¡SE VA LA LUZ!
Apagón total. Ni fluorescentes, ni ordenador, ni nada. Solo la luz entrando por la ventana… y mi teta convertida en sándwich en una máquina que ha decidido morirse en ese preciso instante.
Silencio incómodo.
Yo miro a la técnica.
La técnica mira la máquina.
La máquina no colabora.
Y ahí estoy yo: con una teta atrapada, en bata abierta, pensando seriamente en mis decisiones vitales.
Empiezo a rayarme:
“Vale… ¿esto cuánto dura?”
“¿Voy a tener que hacer noche aquí?”
“¿Y si me entran ganas de hacer pis?”
Error. Pensarlo fue suficiente para que me entraran unas ganas urgentes totalmente innecesarias.
La miro con cara de “rescátame o no respondo” y ella, muy calmada, me dice:
—No te preocupes, estamos preparados para estas cosas.
Yo no sabía si eso significaba generadores… o una palanca medieval.
No sé cuánto tiempo pasó —a mí me pareció una eternidad aunque seguramente fueran segundos—, pero por fin arrancaron los generadores de emergencia y la máquina volvió a la vida.
Y entonces… liberación.
Mi lenguado número dos recuperó la libertad y yo casi lloro de emoción.
Después de eso, terminaron la revisión sin más sustos (menos mal). Y me fui a casa con todos mis órganos en su sitio y una historia que no voy a superar en la vida.
¿Y en casa? Pues apagón también. Así que cenamos pan con embutido y a dormir temprano. Como en otra época, pero con trauma reciente.
Parvaty