Hay pocas experiencias más violentas que descubrir lo que algunas personas opinan realmente de ti cuando creen que no estás mirando.
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Y yo lo descubrí por culpa de un grupo de WhatsApp. Que agradable todo ¿Verdad?
Todo empezó con la despedida de soltera de una amiga. Ya sabéis cómo funcionan estas cosas: se crea un grupo con veinte mujeres que apenas se conocen entre sí, alguien pone un nombre espantoso tipo «Las locas de Ibiza», otra manda stickers de penes durante tres semanas y todas fingimos una intimidad que realmente no existe.
Pasa la despedida. Pasa la boda y el grupo se queda muerto.
Lo típico, algunas se salen, otras no. Bueno, pues yo fui una de las que no. No por nada, simplemente se me olvidó, yo que sé, llámalo desidia.
Como tampoco hablaba por ahí, debieron asumir que ya no estaba. Y durante meses aquello estuvo prácticamente inactivo hasta que, un día cualquiera, empiezan a hablar.
Yo veo las notificaciones, leo, me intereso y sigo leyendo.
De repente descubro que varias de aquellas supuestas amigas llevaban meses utilizándome como entretenimiento, como comodín para poner a parir a alguien. No sé, hay gente sana que descarga estrés e ira en boxeo o en spinning, pues se ve que estas malas brujas, descargaban su cortisol poniendo a parir a todo kiski.
Que si: «Se ha puesto como un tonel»
Que si: «Antes estaba mucho mejor»
Que si: «Ahora va de gorda empoderada pero debería ir al gimnasio y comer menos»
Ellas no lo sabían pero yo estaba pasando por una época dura en la que empecé a hormonarme hasta las orejas para poder ser madre con mi pareja y toda la medicación que me metí en el cuerpo me hizo coger bastante peso.

De igual manera, no les debía explicaciones ni a ellas ni a nadie y tampoco se las di. No iba a alimentar a un grupo de hienas con más carnaza.
Y sinceramente os digo una cosa: no me dolió tanto el comentario sobre mi cuerpo. Lo que me dolió fue la naturalidad. La confianza. El humor. La totalidad de la conversación me pareció cruel, me pareció muy poco humana.
Como si despedazar a otra mujer fuera simplemente una actividad social más entre vinos y emojis.
Y lo peor es que muchas de ellas luego me abrazaban, me daban besos y me preguntaban «Tía, ¿Cuándo quedamos?»
Hay algo profundamente inquietante en descubrir que algunas personas no son tus amigas, sino espectadoras de tu vida. Yo seguí dentro del grupo semanas.
Pasé semanas leyendo comentarios terribles sobre mí y sobre personas a las que considero amigas.
No porque quisiera hacerme daño, sino porque estaba fascinada. Era como ver un documental sobre cómo la gente se comporta cuando cree que no hay consecuencias.
Hasta que un día me cansé y salí del grupo. Y claro…WhatsApp hizo lo suyo «Pepita salió del grupo«.
Debió sentirse como cuando en una película de terror descubren que el asesino estaba dentro de la casa todo el tiempo.
A los diez minutos una de ellas me escribió por privado «Tíaaaa, no sabía que estabas en el grupo» ¡FALSA!
La gente que habla mal de ti a tus espaldas no suele sentirse culpable por haberlo hecho. Lo que les aterroriza es que tú lo hayas descubierto. ¿Qué hice? Compartí los pantallazos de las conversaciones donde nos ponían a parir con el resto de amigas y las mandé elegantemente a la mierda.
Y sinceramente os digo una cosa: hay despedidas de soltera que terminan en divorcio.
Y aquella terminó enseñándome exactamente de quién tenía que alejarme.