Se me ha muerto el coño y no sé si voy a poder revivirlo. Tampoco es algo que no me deje vivir, pero sí que a veces me preocupa un poco. Os pongo en contexto: voy a cumplir 47 años, llevo puesto un DIU hormonal para controlar los sangrados perimenopáusicos que me estaban dejando seca de sangre —y en ese caso ya no solo moría el coño, sino toda yo entera— y tomo una medicación porque soy neurodivergente.

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Así que todo el combo junto ha hecho que mi aparato reproductor haya decidido morirse. O dormirse. No lo sé. Espero que sea lo segundo, porque al menos lo de dormirse siempre permite intentar despertarlo con un par de meneos… metafóricos o no.

El caso es que mi vida sexual ha dejado de existir completamente. Pero cuando digo completamente es COM PLE TA MEN TE. Ya ni me acuerdo de la última vez que eché un polvo. Y eso que tengo una pareja estable a la que quiero un montón y él a mí, nuestros hijos ya son mayorcitos y pasan bastante tiempo fuera de casa. Vamos, que logísticamente lo tenemos todo a favor.

¡Que no tenemos excusas, vaya!

Entre semana sí que vamos más cansados por el tema de los curros, los horarios y todas esas cosas que conocemos, pero es que ni el sábado-sabadete, nenas. Ni un triste homenaje. Ni un “bueno, venga, ya que estamos”.

Lo cuento aquí porque somos pocas y hay confianza. Así, en petit comité, para saber si a alguna de vosotras os ha pasado lo mismo o si soy yo la única cuyo aparato reproductor ha decidido declararse en huelga indefinida.

Estoy como en un estado de letargo perpetuo. No es que no me sienta atraída hacia mi pareja —que sí, que me gusta y todo eso—, pero me siento como un ser de luz. Como si me alimentara de rayos de sol y de la fotosíntesis emocional. Como envuelta en una neblina asexual en la que me da igual todo.

No pienso en sexo. No me apetece el sexo.
No siento ningún interés por el sexo. Y eso, a veces, pues me sabe mal, la verdad.

Lo he ido comentando con él porque cuando nos conocimos y empezamos a formalizar la relación y al ir conociéndonos mejor, me contó que para él el sexo no era lo más importante en una pareja. Así como hay personas que creen que el sexo es el termómetro del estado de una relación, en nuestro caso no funciona así.

Hay mucha complicidad, muchas bromas, mucha conversación, mucha confianza y, desde luego, nos queremos muchísimo.

Nos lo demostramos con cosas simples: que él me prepara para cenar algo que sabe que me gusta mucho, o que yo voy a comprar y veo algo que sé que le va a hacer ilusión y se lo traigo.

Tenemos nuestros momentos especiales después de cenar: ponernos una serie mientras me masajea los pies, intentar adivinar quién es el culpable en la peli que estamos viendo, comentar el capítulo como si fuéramos críticos de cine de sofá…

Cosillas.

¿Pero mete-saca? Ninguno.

Y os aseguro que el sexo con él es bueno, eh. O sea, que he tenido otras parejas sexuales, que no me he quedado con el primero que entró por la puerta. Al contrario: he tenido mi pequeño recorrido experimental y empírico para ir descubriendo cosas. Y con él, la verdad, es que encajamos superbién a nivel sexual.

Pero no sé si son las hormonas de viejuna, que deben de tener mis ovarios ya como dos pasas; el DIU, que ahí está también con sus hormonas dale que te pego; la medicación para mantener la cabeza en su sitio y no empezar a quemar contenedores… o todo el conjunto haciendo un aquelarre hormonal.

El caso es que no hay manera.

A veces se lo comento porque a me siento un poco mal, y él siempre responde que no me preocupe, que él está bien. Cosa que, evidentemente, me deja más tranquila.

Pero también reconozco que lo echo un poco de menos.

Esos revolcones pre-siesta. Esos gemidos de placer.
Ese tener su cabeza entre mis piernas…Pero llega el momento y no es que me dé pereza, no.

¡Es que no me acuerdo!
¡Es que no lo siento!

Yo no sé si esto tendrá arreglo, si tendré que hacerle la RCP a mi kiwi para que se despierte del coma o si la cosa ya la damos por finiquitada.

Lo único que sé es que en la próxima ITV ginecológica voy a contárselo a la doctora. A ver si me da una explicación y, si puede, también una solución. Porque una cosa es que con los años el coche vaya perdiendo un poco de potencia… y otra muy distinta que el motor ni siquiera arranque.

Así que nada. En la próxima revisión voy a abrir el capó sin pudor y preguntarle directamente a la especialista:

—Doctora, dígame la verdad…
¿esto se arregla con un ajuste hormonal…o hay que venir ya con las pinzas para hacerle un arranque de emergencia al kiwi? 

Parvaty