Para la mayoría de los mortales, ser presidente de la comunidad es un marrón curioso. Para mi padre, que ha resultado ser un auténtico Juan Cuesta en potencia, es un sueño hecho realidad. Digamos que mi padre siempre ha sido una persona a la que le encanta meterse en fregaos, camisas de once varas y rompecabezas varios. Aunque supongo que detrás de toda esa predisposición a resolver problemas que no le incumben, se esconde una razón mucho más profunda. Y es que mi padre no lleva mucho tiempo jubilado y después de que mi hermano y yo nos fuésemos de casa, se sintió vacío y necesitaba sentirse útil.
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Todo esto son conjeturas mías, por supuesto, porque si algo caracteriza a mi padre es que es el típico hombre de «los de antes», de esos de todo para adentro y chitón. Cuando mi abuelo falleció fue él quien movió todos los papeles, cuando hubo que inhabilitar a mi tío enfermo de alzhéimer fue mi padre quien se encargó de toda la burocracia y así con mil historias más. Por eso, cuando me enteré que a mis padres les había tocado ser presidentes aquel año, me imaginé que no supondría ningún problema para él. Lo que nunca pensé es que llegaría a aferrarse tanto al cargo como para poner en riesgo su matrimonio.
Para empezar, he de decir que mis queridos progenitores siempre han estado muy unidos a pesar de ser como la noche y el día. Mientras mi madre es por descontado la mujer más divertida, cariñosa e inquieta del mundo, la forma de ser y de vivir de mi padre es más tranquila. Digamos que viajar, conocer gente nueva y ser espontáneo no es lo suyo. Sin embargo, quiere tanto a mi madre que muchas veces suele hacer de tripas corazón y acompañarla a todas partes con tal de verla feliz. Sin embargo, esto empezó a cambiar con la dichosa presidencia.
Hoy en día existe una salvación maravillosa llamada gestor que se encarga de todos los marrones habidos y por haber para que tú no tengas que mover un dedo. Cualquiera que haya sido presidente lo sabe. Cualquier menos mi padre, que se tomaba tan en serio el asunto de las derramas, los presupuestos y demás mandangas que parecía que le iba la vida en ello. Al principio delegaba en el vicepresidente que, como cualquier persona normal, pasaba olímpicamente del tema. Por eso llegó un momento en el que mi padre, poseído por el espíritu de Juan Cuesta, pensó que su figura era súper necesaria en la comunidad y que todo se iba a hundir sin él, como si aquello fuera el congreso de los diputados.
Desde entonces, cada fin de semana, mi madre viajaba al pueblo (y a cualquier sitio) sola y dejaron de hacer planes juntos porque el señor no podía dejar la comunidad. Siempre surgía una avería, una derrama, un problema o cualquier historia que requería su presencia y le imposibilitaba, según él, irse a ningún sitio. Como es lógico, mi madre se empezó a cabrear muchísimo porque de repente se había quedado sin marido, un hombre obsesionado con la presidencia había ocupado su cuerpo. Se sentía sola y él parecía no darle importancia al hecho de que su mujer se viera obligada con todo el dolor de su corazón a hacer su vida al margen.
Mi madre estaba enfadada, triste y desesperada. Durante un tiempo durmieron en habitaciones separadas. Puede parecer un tontería, pero que tu vida quede en pausa continuamente porque tu marido anteponga el funcionamiento de la vecindad a su matrimonio, es muy fuerte. Nada de viajes, nada de vacaciones, cancelar planes por recibir a fontaneros o albañiles… Lejos de preocuparse, él estaba encantado porque los vecinos estaban felices con su gestión y se enorgullecía de todo lo que hacía a pesar de que todos le dijéramos que no era necesaria tanta implicación. Supongo que, en su mente, fue la excusa perfecta para dejar de hacer todo aquello que hacía con mi madre y que tan poco le gustaba.
Cuando se cumplió un año de su presidencia y, gracias al cielo, la responsabilidad pasaba a otro vecino, le propusieron continuar otro año. Y es que nadie, excepto él, quería hacerse cargo. Fue entonces cuando mi madre le dio un ultimátum. No pensaba pasarse otro año desperdiciando su jubilación a costa de aquella comunidad, así que le dio a elegir: o su matrimonio o volver a ser presidente. Sé que, en el fondo, si hubiera sido por él, se hubiera convertido en presidente para los restos, pero decidió dejarlo a un lado y volver a centrarse en su matrimonio y en su familia.