“Es que nunca doy sobresalientes en la primera evaluación. Tampoco suspendo nunca a nadie ahora en Diciembre, salvo que realmente haga un examen penoso y con faltas de ortografía; en la primera evaluación aún nos estamos conociendo, adaptándonos a nuestra mutua forma de trabajar, así que ni sobresalientes, ni suspensos. Claro que yo, sobresalientes, en cualquier evaluación, reconozco que soy tacaña para darlos. Porque siempre hay algo que se puede mejorar, esto no es Matemáticas, que la cuenta cuadra o no cuadra, aquí es más relativo. Así que sabedlo, que yo no soy de suspender por bobadas, pero tampoco suelo dar sobresalientes”. Eso dijo Dña. Isabel, profesora de Lengua y Literatura de Tercero de BUP, y nos pareció justo. Yo saqué un nueve en el examen, pero dado que ella puso las reglas claras desde el primer día, lo acepté. Me hubiese gustado tener mi sobresaliente en Navidades, pero ella ya lo había avisado. Así que lo dejé correr. 

En la segunda evaluación, saqué un 8.9. Según ella, bueeeeno, es que estaba muy justo, es que había dejado ciertas lagunas en las Novelas Ejemplares, es que… es que me quedé con un notable y chimpúm. Y diréis “pero, ¡qué empollona, si ya has sacado una nota muy buena, ¿qué más te daba?!”, pues me daba y mucho, ya era cuestión de honrilla y me dije “no me vuelves a racanear el sobresaliente nunca más”. 

Tercera evaluación. Bécquer y Quevedo. Aparte de los apuntes y del libro de texto, me fui a la biblioteca a coger análisis literarios, textos académicos de otros años, me hice unos pedazo apuntes hasta con citas de Kierkegaard y notas de todos los comentarios que logré encontrar acerca de entorno social, político… Llegamos al examen. Una hora escribiendo sin parar y para cuando termina la hora, quedábamos por entregar otro par de compañeros y yo y, puesto que en la siguiente hora Dña. Isabel tenía otro examen, nos dejó ir con ella a terminarlo. Terminaron mis compañeros, terminaron todos los de la otra clase y yo continuaba escribiendo. Siete folios por los dos lados y casi tuvo que quitármelo de las manos. Y yo necesité unos alicates para soltar el bolígrafo, porque tenía los dedos agarrotados. 

Bien, llega el día de corrección de exámenes. Dña. Isabel empieza a repartir exámenes y el mío que no sale. Que no salía, que no salía, y que no salió. Claro, pregunté:

—Perdón, ¿y mi examen?

Se me quedó mirando como si me viera por primera vez, se queda pensativa y de pronto frunce el ceño y me dice muy seria:

—Contigo quería hablar yo. Pensaba hacerlo en privado, pero mejor te lo voy a decir delante de todos. A ver si me cuentas qué te ha pasado.

HIPERVENTILANDO y al borde del paro cardíaco, así estaba yo. Se dirige a su mesa, saca unas cuantas hojas de la carpeta y con cara de enfado, levanta el legajo para que lo veamos todos. 

—Hace más de diez años que no le daba esta nota a nadie —dice, a la vez que cambia la cara por una gran sonrisa. Y yo casi a punto de llorar, convencida de que había suspendido, que quizá pensaba que había copiado, que… y me veo un diez redondo. Casi me hago pis del alivio, vamos—. Para que veáis que, aunque yo diga que soy tacaña para dar sobresalientes, cuando alguien se los merece, yo los doy, ¡y los doy con mucho gusto! 

Me sonrió mientras yo miraba, aún sin creérmelo, las páginas de mi examen, que sólo tenía anotaciones para decir cosas como “perfecto-muy bien redactado-extraordinario análisis-datos adicionales muy bien elegidos…”. Me dio una palmada amistosa en el hombro y añadió en voz baja:

—Me has tenido cuatro horas revisando tu examen a la búsqueda de una tilde, una coma fuera de lugar, LO QUE FUESE para bajar una décima… No he podido pillarte en un solo punto para no darte tu diez. Bien hecho. El próximo que pretenda tenerlo, tiene que superar esto. 

Delice