Qué rabia me da cuando Mariah Carey arranca la temporada de Navidad, que siempre me parece prematura. Desde que se acabó mi infancia, veo que cada año me hacen menos ilusiones las fiestas que más ilusionan a la mayoría de la gente. No odio la Navidad pero tampoco me entusiasma, y me he convertido en un cliché. El Grinch, los Gremlins o Ebenezer Scrooge lo hicieron antes y mejor que yo.
Mire donde mire, veo más gente, más adornos y más gastos de los que me gustaría. La ilusión a veces acaba convirtiéndose en costumbre y el detalle en compromiso. En mi adolescencia salir de noche a una discoteca y mocharla era lo más y hace mucho que solo me apunto a una fiesta si hay algo que celebrar. De manera similar se me ha ido pasando el gusto por estos festejos, que no suelen ser discretos.
Cada vez hay más adornos luminosos dentro y fuera. Los fuegos artificiales son de mal gusto. Las comilonas, el bebercio y el juego amenazan la precaria sobriedad de muchos. Otros tantos aprovechan para hacer borrón y cuenta nueva en los propósitos de año nuevo. La mayoría de dulces navideños, en mi opinión, están sobrevalorados.
Lo que sí odio de verdad de la Navidad es cómo acentúa la desgracia. La gente que está triste, lo está más en Navidad. Con todo el mundo celebrando y rodeado de sus seres queridos, la soledad se siente más grande para el que no tiene a nadie. La abundancia de regalos y banquetes se hace más flagrante para los que sobreviven entre sobras en esas fechas.
Cabe decir que no soy el alma de las fiestas navideñas. Sin embargo, mi familia y mi pareja adoran la Navidad. Cada año intento no aguarle las fiestas a nadie sin que la ocasión llegue a amargarme a mí tampoco.
Intento aprovechar para quedarme con lo que considero mejor de estas fechas. La gente y su ilusión. Ya que a mí no me anima el ambiente sino lo contrario, intento disfrutarlo a través de las personas que sí lo disfrutan. Mi padre tiene varios Belenes de Navidad y configura un nacimiento distinto según la ocasión. A mi madre le encanta poder reunirnos todos los que seamos capaces de reunirnos más que nunca. A mi novia le hace especial ilusión el poder compartir detalles y sorprendernos.
A mí me acaban emocionando todas estas cosas, aunque sea de segunda mano. Conservo mi amor-odio con estas fechas, pero cada vez consigo apreciarlas más. Sigo poniéndome sensible o gruñendo más de la cuenta, pero cada vez menos.
También con los años he ido cultivando mis propias tradiciones anti navideñas. Los regalos suelo darlos días antes o después de la fecha señalada. Tomo 12 porciones de chocolate en lugar de uvas y lo prefiero así. Me gusta ver películas de terror más que en otras temporadas del año.
Por supuesto, también me da la excusa para mostrarme tierno, pero esto lo tenía que dejar para el final. En estas fechas es mucho más lícito sonreír, abrazar, o tener un detalle con alguien. ¿Cómo no hacerlo? ¡Es Navidad!
Tío Vivo
