SI QUIERES MIEDO, PRUEBA A SHIRLEY JACKSON
Siempre he sido una lectora voraz. Además, soy de las que acumula libros sin ningún tipo de remordimiento. Síndrome de Diógenes lector, lo llamaba mi exmarido, probablemente mientras tropezaba con una pila de novelas camino del baño. Me gusta tener los libros en papel y, si son buenas ediciones, mejor; nada de ediciones de bolsillo que te dejan los ojos chuecos con esa letra microscópica digna de invocación demoníaca. Y menos ahora que, por mi jovial edad, ya tengo que ponerme gafas para leer, como buena señora respetable (y ligeramente miope).
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He leído de todo y de todos los géneros. ¡Hasta Cincuenta sombras de Grey! Que bueno… no pude terminar el tercer libro porque mi cerebro ya no podía absorber tanta bazofia mal escrita; aunque, como se suele decir, para gustos, colores… y para sufrimientos, lecturas cuestionables.
El verano es mi época preferida para leer, porque puedo dedicarle miles de horas sin preocuparme por irme pronto a dormir. Sí, he sido de las de “un capítulo más y apago la luz”… y cuando miras el reloj ya es de madrugada y el libro te observa, satisfecho, desde la mesilla. Tengo una librería de confianza a la que acudo con devoción religiosa, y la librera siempre acierta. Solo me pregunta: “¿Qué has leído últimamente?”. El problema es que los libros ya no me caben en casa. Me di cuenta en el último traslado, cuando abría cajas y cajas de libros sin saber ya dónde meterlos, ni a quién sacrificar para ganar espacio.
Finalmente, hace un año, los Reyes me trajeron un libro electrónico y soy feliz con él: no pesa, me lo llevo a todas partes y dentro tengo una biblioteca virtual magnífica. Eso sí, cuando una novela me gusta mucho, me la compro también en papel para tenerla físicamente, como quien adopta un espíritu familiar. Nunca presto mis libros, porque sé que no van a volver y eso, sinceramente, me duele más que un susto mal dado. Así que, si alguien me pide uno, digo que no y me quedo tan ancha. Tampoco voy a bibliotecas, pero puedo pasar horas dentro de una librería. Todo esto suena muy romántico… hasta que miras el extracto bancario.
En mi adolescencia me aficioné a las novelas de terror: Anne Rice, Stephen King, Bram Stoker, Henry James… y, por supuesto, los clásicos del género como Edgar Allan Poe o H. P. Lovecraft. Con el tiempo los fui dejando un poco de lado para explorar otras temáticas, como quien se va de excursión sin saber que acabará regresando al bosque encantado.
Un día, por casualidad, cayó en mis manos una pequeña novela que me llamó la atención: Siempre hemos vivido en el castillo, de una tal Shirley Jackson. Me la comí en dos tardes. Viví esa lectura con un éxtasis casi místico, rollo Santa Teresa de Jesús, pero sin levitaciones visibles. Tuve que masticar la obra durante 24 horas porque me dejó absolutamente trastornada (en el buen sentido… creo).
La historia es simple: dos hermanas viven en una mansión con su tío enfermo tras la muerte por envenenamiento de los padres. El relato lo narra Merricat, la hermana pequeña, desde una visión muy particular —y ligeramente inquietante— de la realidad. Me enamoré de ellas, de su vida, de Merricat y de su gato Jonas. Pude sentir el amor, el terror y la locura que emanaban de esas paredes. Quedé totalmente prendada de la historia, de la narración y decidí investigar un poco más sobre su autora.
Así descubrí que Shirley Jackson había escrito varios cuentos y otra novela que a muchas os sonará, porque una gran plataforma de streaming hizo una adaptación —muy buena, aunque nada fiel al libro, todo hay que decirlo— en forma de miniserie: La maldición de Hill House.
Shirley Jackson fue una escritora nacida en la primera década del siglo XX, madre de cuatro hijos y casada con un crítico literario. Escribía, en teoría, por placer, aunque vivió atormentada por una fuerte agorafobia que le impedía salir de casa y por un alcoholismo persistente. Y estoy convencida de que esas dos sombras fueron el combustible de sus magníficas obras.
Jackson no creía en una división clara entre el bien y el mal; prefería jugar con la ambivalencia de sus personajes, donde nadie es del todo bueno ni del todo malo, y donde el verdadero horror suele vivir dentro de la mente. Su narrativa, envuelta en un clima atemporal —no sabes bien en qué época estás—, con grandes casas que parecen respirar y personajes sometidos a un sufrimiento mental constante, la convierten en una de mis autoras favoritas de terror. Terror del bueno, del que se te queda pegado como humedad en las paredes.
Siguiendo su estela, leí hace poco Una cabeza llena de fantasmas, de Paul Tremblay, un autor que bebe directamente de Shirley Jackson. Me gustó mucho, lo disfruté… pero ni en broma consigue crear ese ambiente crepitante, denso y silenciosamente perturbador que ella manejaba como nadie.
Así que, muchachas, si sois devoradoras de libros, os recomiendo a esta autora que se ha convertido en una fiel compañera. Porque sí, soy de releer novelas varias veces: igual que hay quien ve Harry Potter cada Navidad, yo me releo mis libros, esperando que esta vez no me miren desde la estantería.
Y si aun así no os he convencido —porque sé que esto es muy subjetivo— y sois más de series, os recomiendo las adaptaciones de Mike Flanagan que podéis encontrar en Netflix. No son fieles a los libros, pero están muy bien producidas. Allí encontraréis: La maldición de Hill House; La caída de la casa Usher, una adaptación de Poe llena de referencias a El gato negro, El cuervo o El corazón delator; y La maldición de Bly Manor, basada en Otra vuelta de tuerca de Henry James, con mansiones inquietantes y niños… digamos que poco tranquilizadores.
Como podéis observar, soy más de clásicos que de niños japoneses que se te plantan al lado de la cama y te miran fijamente. Para eso ya tengo a mis gatos cuando quieren el desayuno. Y esos sí que dan miedo.
«Merricat, dijo Connie, ¿una taza de té querrás?
Oh, no, dijo Merricat, me envenenarás.
Merricat, dijo Connie, ¿quieres ir a dormir?
¡Bajo tierra te vas a pudrir!»
Siempre hemos vivido en el castillo. Shirley Jackson.
Parvaty