Lo que a continuación explicaré es algo que me sucedió hace ya mucho tiempo y que, aunque no le di mucha importancia, sí que me dejó un regusto amargo, una sensación extraña, y marcó un antes y un después con una persona que en aquel entonces era muy cercana a mí, o sea, mi jefe.

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Ya hacía tiempo que había entendido que, a los hombres, risitas las justas y cariño menos, a menos que estés buscando que eso vaya de vuelta. Porque cualquier gesto simpático hacia el sexo opuesto se traduce en su cerebro como la llamada de la selva, interpretan lo que no es y ya la tienes liada.

Y líos tuve muchos, demasiados. Cuando digo líos me refiero a problemas, no a rollos con el sexo opuesto. Problemas porque no sabía resolver una situación en la que me había metido yo solita y de la que no sabía salir. Hombres que me esperaban a la salida del gimnasio, cartas de admiradores que no deseaba, pretendientes muy cansinos que no entendían las negativas… un repertorio bien completo y una inexperiencia o inocencia con la que se me hacía difícil torearlos. Todo por sonreír o ser amable.

Así que ya con el tiempo aprendí a medir mis halagos y mis carantoñas y mostrarlas solamente a quien me apetecía, no por sistema o porque creyera que había que ser agradable.

Uno de ellos (de los que no estaban en la lista de afortunados) era mi jefe. Un hombre que podía ser mi padre. Feo y aburrido como él solo. Patoso y casposo, de físico medio bajo, tirando a repugnante. Tenía manías que no soportaba, como impregnar un pañuelo en colonia de niño y metérselo en la boca, después de haberse secado el sudor de la frente. Aparte de fumar, que aunque lo tolero, no me gusta que lo hagan cerca de mí, y menos si estoy embarazada y me cuesta coger aire con la barriga de ocho meses.

Padre y marido ejemplar de un clan arraigado de los de toda la vida. Mujer inteligente, atractiva. Hijos de anuncio (¿a quién habrán salido?). De costumbres religiosas. Todo un ejemplo de familia diez.

La empresa, situada en un local pequeño, era una pequeña comercial donde yo hacía de secretaria y él viajaba y cerraba.

Y a mí me trataba bien y me pagaba puntual, que es por lo que yo trabajaba. Y a mí como que me repelía, yo seguía manteniendo una distancia glaciar. Le hablaba con respeto, en un tono algo hostil, y lo justo. Nunca tuvo conmigo un gesto fuera de lugar.

Hasta que un día sucedió.

Era una tarde en la que estaba yo a punto de acabar mi jornada y él llegaba de estar fuera de viaje más de dos semanas. Volvía agotado y, en vez de pasar por casa y darse una ducha, se vino directo a la oficina. Llamó al timbre de la puerta en vez de usar su propia llave.

Cuando le abrí la puerta lo tuve delante: sudoroso, descamisado, cargado con las maletas, sonriente, y lo único que se le ocurrió fue darme dos besos en las mejillas, como un amigo.

Aparentemente nada que no sea normal, salvo que, en primer lugar, eso no pasaba nunca entre nosotros y, en segundo lugar, porque me estuvo pidiendo perdón por ese gesto durante muchos días después, justificándose en plan que era un hombre y que había sido débil, pero que él quería mucho a su mujer y a su familia.

Y yo como una tonta: que no pasa nada, pero montando guardia en mi parte más femenina. Si antes lo evitaba, todavía más a partir de ese día. Me volví más arisca, más antipática, más seria y más de todo lo que en realidad no era.

Parvaty.