Desde siempre he sido de las primeras de mi clase. En primaria y la ESO era la que mejores notas tenía. En bachillerato fui la segunda, recibí un premio de la Junta de mejores expedientes de bachillerato. Para mis padres era lo esperado, aunque lo primero que dijeron fue “¿y por qué no la primera? ¿cuánto te lleva de ventaja? eso es porque estudió más que tú”. Por si esto no fuese poco decidí estudiar en la rama humanidades, específicamente en el sector social. Otro disgusto. “Hija, es que pudiendo hacer medicina, ingeniería… es un despropósito”. Mis dos hermanos son médicos, ambos personal estatutario. A mis padres no les entraba en la cabeza cómo no quería seguir sus pasos.
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Hice mi carrera a año por curso, no era de las mejores de clase, era del montón. Pero disfrutaba muchísimo con la carrera (y con mi grupo de amigos los juernes). En uno de estos juernes conocí a mi pareja actual y, después de un par de años y por movidas de subidas de alquiler y malentendidos con compañeros de piso, decidimos irnos a vivir juntos. Mis padres pusieron el grito en el cielo, pero tenía 22 años, mi beca cubría todos mis gastos y también trabajaba por horas como profesora particular que me daba para mis caprichos. No les suponía un céntimo de su bolsillo. Me amenazaron con que si mi nivel bajaba todavía más, me llevarían de los pelos a casa. Así estaba el nivel, Maribel.
Sorprendentemente el último año mis notas mejoraron, mi TFG recibió un premio del Colegio Oficial de mi profesión y, posteriormente gracias a recomendaciones de mis profesores, conseguí trabajo bastante rápido en mi sector. Como el sector social está tan precarizado, pasaban los años e iba escalando un contrato con otro (me pagan las subvenciones, no las ONG con las que trabajo), y a cada finalización de contrato mis padres tenían que expresar su disgusto. “Hija oposita, es la única opción, o estudia otra cosa que eres joven”. Pero a mi me gusta lo que hago. Además tengo la suerte de que mi pareja me respeta en todas las decisiones que tomo (solo faltaría…).
Por fin llegó mi contrato indefinido. Se lo comenté ilusionada a mis padres y su respuesta fue “La única empresa de la que se es indefinida es el Estado, no un chiringuito”.
Un tiempo después, a mi pareja y a mi nos surgió la ocasión de comprar el piso en el que ya vivíamos, por lo que lo vimos como una oportunidad de oro y nos metimos en una hipoteca. Obviamente mis padres a pesar de no poner un céntimo, se creían que tenían el poder de decidir sobre cómo hacer la hipoteca, cómo arreglar papeles, cuando teníamos que casarnos y, de nuevo, cuando era mejor que me pusiese a preparar las oposiciones. Poco tiempo después me quedé embarazada y tuve a mi hijo. Mi pareja y yo estábamos muy emocionados pero mis padres de nuevo: “No os llega con tener una hipoteca a 30 años que os ponéis a tener hijos con lo difícil que está la vida, con vuestro trabajo no hay garantía de nada”.
Llegados a este punto habréis supuesto que mis padres son funcionarios también y hablan con conocimiento de causa, pero mi padre es albañil y mi madre nunca ha trabajado (cotizando, que todas sabemos que ser “ama de casa” es el peor trabajo que hay).
Hablando con mis amigas nadie entiende cómo puedo ser la “desgracia” de mis padres cuando siempre he pagado mis estudios con becas, desde los 18 pago absolutamente todo con becas y trabajo, he estudiado, he trabajado prácticamente desde que acabé la carrera, tengo a mi pareja desde hace años, con el que comparto hipoteca y crianza de nuestro hijo pero… no soy funcionaria.