El evento canónico en mi familia es el momento en el que mi hermano nos presenta a la novia que tenga en ese momento. Ojo, que no es ningún picaflor, sus relaciones han sido siempre estables. Con estables me refiero en el tiempo, porque de las novias que ha tenido, estable, lo que se dice estable, no se puede decir de ninguna. Pero ojo, que quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Que yo he hecho también cada elección que… cuidado, cuidado.
El caso es que el pobre mío lleva pleno al quince y mi hermana, analista de patrones como ninguna, ha descubierto el motivo: cuando una muchacha muestra interés en él y quiere algo serio, mi hermano no tiene nada que objetar. Es decir, ellas deciden que son novios y a él le viene bien y para adelante con lo que venga. Y claro, sin filtro ninguno, se le acerca cada regalito…
Y para muestra, un botón. Os cuento una anécdota concreta que tuvimos con una novia que tuvo hace bastantes años ya, pero para ello os pongo un poco en contexto: ella era unos cuatro años mayor que mi hermano, de profesión psicóloga. Todo pintaba bien, una chica madura, formada… ¡coño, psicóloga! Debe de estar centrada…
SPOILER: ERA UNA LOCALCOÑO. Y no se molestó en disimularlo, no… vino de frente la muchacha, a pecho descubierto. ¿Pero para tanto? Para tanto y más.
Nos la presentó en una sobremesa de Nochebuena. Cuando ellos dos llegaron a casa estábamos ya allí mis padres, mi hermana, mi tía, mi prima, mi hijo, que tenía unos cuatro años, y yo. Todo normal: comemos, reposamos un rato y antes de que mi tía y mi prima se fueran decidimos brindar por las fiestas. Mi tía, hermana de mi madre, que conoce a mi padre, su cuñado, desde que tenía siete años y a nosotros desde que nacimos, dice la típica frase antes de beber: “Y quien no apoya…” pero no la termina porque estaban delante mi hijo, menor, y una persona a la que acabábamos de conocer. A esto que la novia de mi hermano, RECIÉN PRESENTADA EN FAMILIA, se viene arriba y copa en mano, empieza a grito pelado con una retahíla de rimas que ni Góngora:
¡ESO ESO, Y QUIEN NO RECORRE, NO SE CORREEEE! ¡Y QUIEN NO LA MAREA, NO LA MENEAAAAA! ¡Y QUIEN NO ROZA NO LA GOZAAAAA!
Todo esto acompañado de su respectiva gesticulación, está claro…
Yo miro a mi hermana, mi hermana me mira a mi. Las dos miramos a mis padres y mi tía nos mira a todos. Mi hermano no hacía ningún gesto que pareciera que le incomodara aquella situación. Luego en petite comité mi hermana, mi tía y yo comentamos la jugada y llegamos a la conclusión de que aunque desmesurada la reacción, podría haber estado propiciada por los nervios del momento… Con mis padres evitamos el tema porque nos dio demasiada vergüenza ajena por ellos.
Días después descubrimos que igual aquel comportamiento no fue fruto de los nervios, si no de que tenía una “pedrá en la cabeza”.
Habíamos quedado para ir a tomar algo todos: mis padres, mi hermana y mi cuñado, mi hermano, mi hijo y yo. Y la susodicha, claro está. Y antes de salir nos llama a mi hermana y a mí porque nos va a dar unos regalos de navidad que nos ha traído, pero nos lo tiene que dar en privado. Mi hermana y yo nos miramos con cara de sospecha… y nos fuimos con ella y con mi hermano a la habitación de al lado, donde tenía todas sus cosas.
Menos mal que tuvo el detalle de dárnoslo a parte y no con mis padres y mi hijo delante… Empieza mi hermana abriendo su regalo. Una polla como una olla. Literalmente. Un pollazo de plástico, grande como su puta madre. Y con rotación y vibración. Cuando me tocó a mi el factor sorpresa se había esfumado más rápido de lo que me hubiera esfumado yo de allí si hubiese podido. Otro cirio similar, con el mismo sistema operativo, pero de otro color. Para no confundirlos, digo yo…
A ver, que ni mis hermanos ni yo nos escandalizamos con esto, ni mucho menos. Lo que nos chocó a las dos fue que alguien que no nos conoce de nada nos hiciera ese tipo de regalo… No sé, nos vería cara de malfolladas o algo. Aunque en mi caso era verdad, no os voy a engañar…
En fin, que si ya teníamos la ligera sospecha de que esta muchacha se había caído de la cuna cuando era chica, lo que vino a continuación disipó cualquier tipo de duda.
Estábamos todos de terraceo cuando esta chica empieza a hablar de su familia y saca de su cartera una foto de su hermana. Se la acerca a mi hijo y le pregunta que qué le parece su hermana.
La psicóloga de 32 años le estaba preguntando a un niño de cuatro años que qué le parecía el aspecto físico de su hermana. O eso es lo que entendí yo, porque no creo que de una foto de carnet pretendiera que el niño le hiciera un psicoanálisis. A lo que mi criatura, que siempre ha sido, es y sospecho que será, un chinchoso de cojones (por chinchoso entendemos a alguien que le gusta chinchar), le dice, sin maldad, porque además la chica era monísima: “Es muy feaaaa”.
Para qué abrió la boca… La señora se indignó. Pero se indignó bien indignada ella. Y decidió iniciar, allí en plena reunión familiar, una discusión con el niño. Bueno, más que conversación un monólogo, porque intuyo que el niño no estaba entendiendo una mierda de la chapa que esa mujer estaba soltándole.
Mi entonces cuñada empezó a decirle a mi hijo que eso le había dolido mucho, que no podía juzgar a las personas por su físico, porque posiblemente a él le dolería mucho si ella le dijera a él que su madre es muy fea… y blablablabla. Mi hijo le dijo que era broma y que le daba igual si ella le decía que su madre era muy fea, porque él sabía que tenía que ser broma porque su madre es muy guapa…
Mi hermana y yo nos mirábamos sin dar crédito. Es decir, si no dimos crédito con el brindis y con los regalos, en ese momento ya lo estábamos flipando en colores. Mirábamos a mi hermano, regalándole la maravillosa oportunidad de intervenir antes de que lo hiciéramos alguna de las dos y fuese peor. Pero mi hermano como el que oye llover, no tenía nada que objetar.
Y viendo que mi hermano no estaba dispuesto de parar aquél discurso de moralidad, yo me fui enervando más. Y cuando mi hermana vio que me faltaba la picha de un pitufo para formarle tremendo espectáculo allí mismo, rodeada de gente conocida y desconocida, me miró, sonrió e intervino. Y con una ironía que hasta el mismísimo Sheldon Cooper la hubiera pillado le dice al niño:
Javi cariño, no des explicaciones… Lo has dicho de broma, nosotros lo sabemos, pero no todo el mundo es capaz de entender a personas más listas que ellas…
Y mientras la otra, colorá como un tomate, miraba a mi hermana con cara de “no pasa nada, pero si pudiera te sacaba los ojos con una cucharilla oxidada y me meaba en las cuencas pa que se infecten”, mis padres y mi cuñado se aguantaron la risa como pudieron. Nosotras le dimos un tiento al botellín de cerveza como si allí no hubiera pasado nada. Mi hijo tenía cara de orgullo: su tata acababa de decirle que era muchísimo más listo que una persona adulta. Y mi hermano como sabe que con mi hermana no puede, miraba para otro lado.
Y bueno, poco más duró mi hermano con esta chica. Pero no, no la dejó él… lo dejó ella, porque decía que lo quería poner a prueba. Por suerte, se quedó esperando a que mi hermano le suplicara de rodillas que volviera con él.
Si la madurez fuera morcilla, esta se comía el pan seco…
Fdo: Santi P.