Suspendí Selectividad, así que entré en la carrera un mes más tarde. Solo quedaba una habitación en un piso compartido por dos chicos: Óscar y Víctor. Acepté, aunque a mis padres no les hacía gracia. Durante el día apenas coincidíamos, pero por las noches hacíamos maratones de series y cenas temáticas. Los jueves eran sagrados: cada uno salía con su grupo de clase.

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En uno de esos jueves me crucé a Víctor, un poco bebido, en una zona remota. Me tocó una teta y me soltó: “Siempre quise hacer esto”. Yo pregunté sorprendida: “¿Pero tú no eres gay?”. Me contestó que serlo era relativo y se fue riendo. A mis amigos les pareció divertido porque Víctor es el estereotipo máximo; vamos, que es muy gay.

Pasaron las horas y, de camino a casa con un ligue, me pareció reconocer a Víctor metido en una fuente. “¿Qué coño haces ahí?”, le grité. “Tía, me quiero morir”, contestó. Intenté ayudarle a salir, pero entre mi alcohol, su estado cercano al coma etílico y la diferencia de peso, fue imposible. La policía apareció y, por suerte, entendieron la situación.

Al sacarlo, vomitó por el esfuerzo. Los agentes pidieron una ambulancia; Víctor no tenía su cartera ni recordaba sus apellidos. Como vivíamos juntos, me permitieron acompañarle al hospital. Allí, los análisis revelaron la verdad: había sido drogado con escopolamina (burundanga).

La policía nos tomó declaración a la mañana siguiente. Había dos chicas más ingresadas por sumisión química; eran las amigas de Víctor. Alguien quiso drogar a una de ellas y, como compartieron la copa, los tres acabaron intoxicados. La policía nos comentó que el hecho de compartir el cubata le salvó la vida a la víctima principal: la dosis empleada habría sido letal para una sola persona.

Han pasado diez años y nunca se supo quién fue el culpable. Desde ese día, en nuestro piso de estudiantes, siempre hubo un posit en la nevera con nuestros nombres completos y el teléfono de emergencia de nuestros padres.