En abril de 2021 me mudé a Lisboa por una oportunidad laboral chulísima: trabajar para el departamento de redes sociales y marketing de una startup que crecía en otros mercados y necesitaba alguien para crear las comunicaciones en español. Fueron casi dos años de experiencia laboral maravillosa y difícil a la vez que, por salud mental y porque del equipo se fue marchando todo el mundo, tuve tristemente que dejar.

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Me encantaba la ciudad y me daba pena tener que marcharme, pero empecé a mentalizarme de que tenía que volver a España. Empecé a buscar curro de vuelta. Nada. O tenía demasiada experiencia o poca, o era otra apisonadora de personas como la que quería dejar y en ese momento no podría soportar.

Así que, en paralelo, busqué oportunidades para quedarme hasta que apareció un perfil de manager de free tours y marketing que me dio esperanza. El puesto era confuso, pero hice la entrevista y me encajó. Se supone que tenía que organizar los grupos de personas que se apuntaban al free tour para equilibrarlos entre diferentes guías y promover ventas de tours privados. Después, la idea era que también hiciera yo misma visitas guiadas.

Todo era nuevo, pero pensé que, como algo temporal que me permitiera seguir disfrutando de la ciudad y recuperar mi cordura, me ayudaría. Error. De los grandes. Empecé en noviembre y en el puente del 6 de diciembre ya quería dimitir. La cantidad de gente era abrumadora y gestionarlo no fue fácil.

Pero no fui realmente consciente de la locura de visitantes que se concentra en las ciudades de moda, como lo ha sido Lisboa en los últimos años, hasta que guié las visitas. Desde que empecé a hacer tours hasta la actualidad, en un mundo pospandemia en el que el turismo se disparó, ya casi no hay temporada baja. Aunque los picos más altos son Semana Santa, puentes y verano, sobre todo agosto, también los fines de semana suelen ser fuertes.

Muchas veces coinciden en los mismos lugares las 40 personas de un crucero que están de excursión por la ciudad, con las 30 que tú llevas, más las otras 30 de otro guía de otra empresa y así multiplica, suma y sigue. Si casi a cada hora hay tours con un volumen importante de gente, ¿cómo lo hacemos para no molestar a los que viven y pasan por los mismos lugares?

No se puede caminar por ciertas calles, coincides en los monumentos con tantas personas que a veces explicar es casi imposible y, por mucho que lo intentes, no dejas espacio para que los vecinos hagan una vida normal. Mis amigos de aquí hace años que no visitan el casco histórico. Repiten que está imposible. Ya no reconocen su ciudad.

Y yo, aunque suene paradójico, siento lo mismo. Al acabar, salgo corriendo del centro y lo único que quiero es huir a casa, irme lejos del bullicio y de los turistas. El agotamiento mental llega al punto que, desde que me dedico a esto, no hago viajes. Literalmente. No puedo imaginarme verme en otra ciudad formando parte de lo que últimamente me genera ansiedad.

El turismo es un motor económico importante y lo entiendo, pero creo que se nos está yendo de las manos lo de viajar. Me he encontrado en bastantes ocasiones con personas que lo hacen por inercia, porque algo habrá que hacer, porque da igual que hayan venido ya tres veces, pero era lo más barato que encontré, porque es símbolo de éxito social, porque mi pareja o familia me obligan o yo qué sé.

No tengo la solución para un turismo sostenible, pero sí me gustaría lanzar la reflexión de que, antes de comprar un billete, pensemos en qué época lo hacemos o para qué viajamos y si realmente queremos hacerlo. Y luego ya serán los ayuntamientos, empresas y gobiernos los que deberán pensar en dónde están los límites.

Por mi parte, últimamente me voy a aldeas perdidas donde no hay nadie, a disfrutar de la naturaleza. También he aprendido a no hacer planes todo el tiempo, a quedarme en casa sin verlo como un fracaso, a no sentirme obligada a salir porque toca.

No se trata de prohibir los viajes o de acabar con el turismo, se trata de reinventar la forma en la que lo gestionamos para que las ciudades que visitamos no sean parques temáticos, de atracciones para el de fuera, de pesadilla para el de dentro. Quiero creer que es posible otro modelo más amable, más respetuoso y menos masificado.