Voy a contaros una de las citas de Tinder más humillantes de la historia o al menos un pequeño desastre emocional bastante difícil de gestionar en el momento. Hace unos meses conocí a un chico de Barcelona que estaba de paso en mi ciudad por negocios. Genial, era exactamente lo que yo buscaba: pasar un rato agradable sin demasiadas complicaciones. Desde las primeras conversaciones todo fluía sorprendentemente bien. Nos moríamos de risa charlando y me hacía sentir muy cómoda, cosa que no siempre pasa en este tipo de apps. Así que decidimos quedar. Yo soy una tía gorda, no es ningún secreto ni algo que lleve a escondidas en absoluto. Ya nos habíamos visto en fotos, así que en mi cabeza no había lugar para sorpresas ni expectativas irreales.  

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Bien, fuimos a una cafetería cerca de su hotel, con la intención más o menos implícita de terminar en su habitación. Él llegó antes que yo y me estaba esperando sentado en la terraza. Nos saludamos con dos besos, me presenté, le sonreí y nos sentamos con normalidad. 

Pedí una cerveza y después de eso creo que no pasamos del “¿cómo estás?”, antes de que le sonase el móvil. En ese momento todo cambió muy rápido. No quiero mentir pero diría que literalmente fueron diez segundos. “Perdona, es por trabajo”. Se levantó y se alejó para atender la llamada. 

Hasta aquí todo estaba dentro de lo razonable. Yo me quedé en la mesa, un poco nerviosa y quizá no presté demasiada atención a lo que estaba pasando. Al principio le vi pasear delante mía mientras hablaba (o hacía que hablaba) con su teléfono. Saqué mi móvil para entretenerme y hacer tiempo, pensando que sería una llamada breve. 

Pasan los minutos y algo empieza a no encajar. Primero lo veía moverse por la zona, luego cada vez más lejos, hasta que en un momento dejé de verle por completo. No está. Me giro en la silla para ver bien por todas partes…pero nada. Había desaparecido. Llamadme tonta, pero decido esperar un poco más, intentando encontrar alguna explicación lógica. No quería asumir tan rápido que me habían dejado plantada nada más empezar una cita. 

Con una mezcla entre vergüenza y humillación me levanté y me acerqué a la barra para pagar. En ese instante recibí un whatsapp. Era suyo. Por un momento pensé que ahí estaría la explicación, algún imprevisto, una emergencia, algo. Pero no. Ilusa. Lo que apareció en la pantalla era el emoji de una vaca. Ni una sola palabra. Acto seguido veo como su imagen de perfil desaparece delante de mis ojos. Bloqueada. Me quedé mirando a la pantalla unos segundos, no sabía si reír o llorar. Al final hice lo único que podía hacer, salir de allí con la cabeza todo lo alta que pude e irme a casa. Desde luego fue humillante y salí de allí con la autoestima por los suelos, pero con el tiempo me doy cuenta de que ese emoji de vaca dice mucho más de él que de mi, y lo que en el momento fue una sensación terrible por sentirme rechazada, era una clara señal de que aquel no era el sitio donde debía estar.