Tengo la teoría de que todas las personas hemos vivido alguna historia que cuando la contamos, la gente se piensa que es fake. Mi madre, por ejemplo, le prestó un tampón a una actriz que salió en Cuéntame porque coincidieron en el baño de un bar y a la muchacha le bajó la regla. Mi historia tiene que ver con un futbolista que, irónicamente, tuvo muy pocas pelotas.

Era 2018 y me fui a pasar el verano a otra ciudad con una amiga. Ella encontró trabajo en un call center y yo en una tienda de ropa de barrio muy cuqui. De día ganábamos pasta, de noche salíamos de fiesta. Era el plan perfecto.

A las dos semanas o así yo me di cuenta de que necesitaba darme alguna alegría en el cuerpo, y como ligar de fiesta se me da de pena, decidí descargarme Tinder. Entre risas con mi amiga empezamos a dar likes a varios tíos, y entre ellos estaba el protagonista de esta historia. Vamos a llamarle Mario, un nombre falso para proteger su intimidad.

Lo normal cuando conoces a alguien es decir hola o preguntar qué tal, pero la primera frase que me soltó Mario fue:

“¿Sabes quién soy?”

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Yo le dije que no, y que esa frase sonaba a villano de película de mafiosos. Un poco ofendidito e incrédulo me contó que era jugador de fútbol de un equipo de primera división. Pensé que era un fantasma, pero busqué en Google y era cierto. Mi siguiente pensamiento fue que era una cuenta falsa de alguien que se estaba haciendo pasar por él, pero decidí seguirle la corriente a ver qué pasaba.

Empezamos a hablar y yo le seguía un poco la corriente esperando a que se destapase todo el pastel. Poco a poco fui perdiendo el interés, y a más pasaba yo, más me hablaba él. Sorprendentemente me dijo de quedar y vernos, y por las risas acepté. Eso sí, le pedí a mi amiga que viniese por si el chaval estaba un pelín ido de la pinza, para así tener una excusa y huir.

Teníamos la cita programada. Viernes noche. Me puse monilla y fui con mi amiga al bar mitad acojonada, mitad intrigada. Entré primero yo y como no vi por ningún lado a Mario me senté en una de las mesas. Pasaban los minutos y nadie llegaba. Mi teoría de que todo esto era una broma de un perfil falso cada vez cobraba más fuerza. Tenía claro que o bien el chaval no había ido al bar, o bien me había visto y se había agobiado por tener que decirme la verdad, así que se había marchado.

Cuando ya estaba a punto de decirle a mi amiga que se sentase conmigo para emborracharnos juntas, Mario entró por la puerta. Sí, era el futbolista de primera división.

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Se le notaba nervioso, mirando a todo el mundo como si en el fondo quisiese que alguien le reconociese. No fue así, ni Dios le miró.

En general la cita fue bastante mala. Él era un sobrado que no paraba de mirar el móvil y que soltaba comentarios machistas, homófobos y clasistas. Por decencia y educación esperé a terminarme la cerveza y le dije que me tenía que marchar. Me dijo que por favor esperase, que no me fuese todavía. Y de repente entró una chavala enfadadísima por la puerta y vino directamente hacia nuestra mesa.

Resulta que era la novia del futbolista. Él le había dicho que fuera al bar, supongo que para ponerle celosa. Y cuando yo ya estaba a punto de ponerme a buscar las cámaras ocultas ella le preguntó que quién narices era yo.

“Pues una fan.”

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Así es, amigas. El muy capullo le dijo que yo era una fan.

Intenté decirle la verdad a la chica, pero tenía las mismas neuronas que el futbolista y no me quiso escuchar. Me llamo de todo y me dijo que como me volviese a ver acosando a su novio me arrancaba el pelo.

Como mi amiga se había ido del bar al comprobar que el chaval no era un asesino en serie, me tocó volver sola a casa. Lo peor de todo es que de los nervios por la discusión me puse a llorar.

Ahora que ha pasado el tiempo me descojono toda recordando esa historia. He buscado en Google y el futbolista se casó con la chavala que me llamó zorra, y después se divorciaron. Imagino que seguirá buscando a “fans” en Tinder para pasar el rato.

 

Anónimo

 

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