Reproducimos testimonio que nos llega a [email protected]
Seamos sinceras, a todas nos ha escocido alguna vez el novio maravilloso de nuestra amiga o ese trabajo tan genial caído del cielo. Son situaciones que pueden despertar cierta envidia cuando nuestra autoestima se encuentra por los suelos en determinados momentos, porque básicamente, somos humanas. Lo que no es tan normal es que esos celos se transformen en una conducta venenosa y asfixiante a la altura de una pareja controladora y posesiva. Lo cierto es que nunca había vivido algo así hasta que Jennifer entró en la vida de mi amiga Lorena y decidió que en aquella amistad de tres, yo era la que sobraba.
Lorena y yo éramos amigas desde nuestra época del colegio, cuando a fuerza de ir juntas a la misma clase todos los años, nos volvimos inseparables. Era, con diferencia, la mejor amiga del mundo. Aunque teníamos más amistades, tanto en común como por separado, nuestra complicidad era muy especial y siempre terminábamos pasando los días juntas.
Cuando una tarde me preguntó si me importaba que Jennifer, una chica súper divertida que le habían presentado, viniera con nosotras, le dije que me parecía genial. La verdad es que era una chica con un humor muy parecido al nuestro y compartíamos un montón de aficiones, así que encajamos de maravilla y, desde entonces, pasamos a ser un trío indivisible.
Sin embargo, la vida adulta llamó a mi puerta y empecé a trabajar, dejando un poco de lado las noches de fiesta que hasta entonces habían sido la tónica habitual, por lo que Jennifer y Lorena empezaron a pasar más tiempo juntas y a salir sin mí. Nos seguíamos viendo casi todos los días, pero en aquel momento, ellas tenían un estilo de vida muy diferente al mío y entendía perfectamente que me dejaran al margen de sus planes algunas veces. Meses después empecé a notar un comportamiento un poco arrogante en Jennifer, como si quisiera dejar bien claro que yo ya no formaba parte de ese círculo y que había pasado a formar parte de esas amistades de segunda categoría. Hablaba continuamente de personas que yo no conocía, recordaba momentos súper divertidos en los que yo no había estado, gastaba bromitas internas a Lorena que yo no entendía…
No le di importancia. Es más, al principio creía que eran cosas mías, porque Lorena se comportaba conmigo como siempre. Sin embargo, todo cambió drásticamente el día que mi mejor amiga me dijo que lo pasaban muy bien las dos juntas pero que, sin mí, nada era lo mismo. Desde ese momento, Jennifer no se molestó en disimular que no toleraba demasiado bien mi presencia y que, en el fondo, quería tener la exclusiva de su amistad con Lorena, como si yo fuera una especie de competencia para ella. En realidad, lo que empezó a preocuparme no era su comportamiento conmigo, sino su necesidad de control hacia mi amiga. Su insistencia por quedar con ella resultaba asfixiante y cuando se veía sola, le hacía chantaje emocional o le montaba el pollo si no contestaba a sus mensajes. A Lorena le costaba aceptar que Jennifer era una garrapata emocional, pero hubo un momento en el que yo no quise hacer demasiados planes si ella estaba presente.
Nunca pensé que nuestra amistad estuviese en peligro hasta que un día, sin comerlo ni beberlo, la empecé a notar muy rara y distante conmigo. Ya no se esforzaba por explicarme aquellas bromitas internas, en contarme qué habían hecho el fin de semana o en preguntarme qué tal me iba a mí. De la noche a la mañana, me convertí en esa amistad de segunda categoría que Jennifer se había empeñado en hacerme sentir. Así que cuando vi que mi mejor amiga dejó de llamarme, no entendía nada y así se lo hice saber. Entonces, ella soltó la bomba. Me dijo que no podía mirarme con los mismos ojos desde que supo que yo le había ofrecido drogas a Jennifer una noche que salimos juntas. Yo me quedé sin palabras. ¿Drogas? ¿Yo? ¿De qué estaba a hablando? Resulta que la muy cerda le había dicho que yo me estaba metiendo unas rayas en el baño de una discoteca y que cuando ella me recriminó aquello, yo le quité importancia y le ofrecí una.
No contenta con soltar aquella mentira, supe también que cuando le contó a Lorena aquella trola, su madre, a la que yo conocía de casi toda la vida, estaba delante. Lejos de entrar en cólera, ya que sabía que era lo que la otra pretendía, le dije muy tranquila que si me conocía lo más mínimo, sabría que aquello era una mentira como una catedral. Por desgracia, pesaron más las mentiras de Jennifer que todos nuestros años de amistad, porque no me creyó ni una palabra y aquel día, nuestra relación se rompió. La verdad es que me dolió en el alma tomar la decisión de no intentar arreglar las cosas con ella, pero que mi mejor amiga me diera de lado de aquella forma dando por bueno lo que otra persona decía sobre mí, sin ni siquiera preguntarme, me hizo ver las cosas desde otra perspectiva.
No es que me haga sentir mucho mejor pero el tiempo finalmente me dio la razón. Años después, Lorena se puso en contacto conmigo y me confesó que su amistad con Jennifer había terminado muy mal y que sentía no haberme creído en su momento. Es una pena, pero si bien es cierto que nos hemos visto alguna que otra vez, nada ha vuelto a ser igual y nuestra relación nunca ha vuelto a ser, ni de lejos, la misma.
Mar Martín.
