No te entiendo. ¿Te ocurre algo conmigo?
Durante mucho tiempo pensé que si alguien se alejaba de forma imprevista, dejaba de ser mínimamente predecible o se volvía extraño/a conmigo, mi tarea era averiguar qué estaba pasando.
Preguntar. Comprender. Esperar. Sostener.
Aprendí, como tantas, que cuidar una relación consistía en eso: en hacer trabajo emocional.
En detectar las necesidades ajenas, en poner palabras donde el otro ponía silencio. En ir hacia el vínculo, ante la extrañeza de los comportamientos, chequear y reparar algo ajeno.
Con los años he empezado a preguntarme si eso era amor, amistad, relación o simplemente entrenamiento.
Porque a muchas mujeres se nos enseña a ser intérpretes emocionales. A leer gestos, tonos, ausencias, cambios de humor.
A anticiparnos, prima.
A suavizar conflictos.
A mantener puentes incluso cuando somos las únicas que estamos cargando con los materiales de construcción.
Y desde ahí aparece una trampa dolorosa: cuando alguien actúa de forma errática, inconsistente o impredecible, en lugar de preguntarnos si esa conducta nos hace bien, empezamos a investigarla.
Nos convertimos en analistas de personas que no están siendo claras o que cambian las normas relacionales de un día para otro.
Buscamos explicaciones donde quizá deberíamos estar observando hechos.
¿Por qué tarda tanto en responder o no lo hace? ¿Por qué un día parece interesado/a y al siguiente distante? ¿Por qué dice una cosa y hace otra? ¿Qué le habrá pasado? ¿Qué herida tendrá? ¿Qué miedo tendrá?
¿Qué le está ocurriendo?
Y mientras intentamos comprender al otro, dejamos de hacernos una pregunta más sencilla y más importante:
¿Quiero yo estar en una relación o en este momento relacional donde tengo que descifrar constantemente lo que está pasando? ¿Quiero estar insegura y sobrepensando?
Me da a mí, amiga, que la madurez emocional no consiste en encontrar explicaciones sofisticadas para las conductas confusas. Consiste también en reconocer que la confusión sostenida es información.
No todo comportamiento errático es maltrato.
No toda inconsistencia es manipulación. Las personas tenemos contradicciones, miedos, momentos difíciles y procesos propios.
Pero una relación mínimamente saludable y de calidad para ambas partes no puede construirse sobre la incertidumbre permanente.
No poder leer lo que ocurre inseguriza.
Ya sé que hay algo profundamente agotador en vincularse con personas que aparecen y desaparecen emocionalmente, que cambian las reglas sin avisar, que expresan interés con palabras y desinterés con actos.
Y creo que muchas mujeres hemos sido educadas para tolerar demasiado tiempo ese tipo de situaciones que nos obligan a rumiar e ir detrás.
Hoy me interesa menos saber por qué alguien es inconsistente o desorganizado/a de repente en un vínculo y más observar qué efecto tiene esa inconsistencia en mi vida.
Porque el problema no siempre es que la otra persona se vuelva confusa.
A veces el problema es permanecer demasiado tiempo intentando traducir un idioma que no tiene intención de ser claro.
Ya no creo que los vínculos se sostengan gracias a quién pregunta más.
Creo que se sostienen gracias a quien está dispuesto a mostrarse, a hablar, a responsabilizarse de lo que hace y de lo que no hace.
Y cuando eso no ocurre, la pregunta importante deja de ser un»¿te pasa algo conmigo?» preocupado.
Empieza a ser:
«¿Qué me pasa a mí al permanecer aquí? ¿Qué me pasa a mí al tener que buscar una seguridad relacional que antes se daba?
Cada día me empeño más en no caer en el discurso simplista de «la gente está fatal», porque gente somos todas y todos.
Puede que haya factores culturales que favorezcan vínculos más líquidos, evitativos o ambiguos, pero la cuestión central sigue siendo otra: cuánto tiempo dedicamos a interpretar la falta de claridad ajena y cuánto tiempo dedicamos a escuchar el impacto que esa falta de claridad tiene en nosotras.
No he salvado ninguna relación preguntando una y otra vez qué pasaba.
La respuesta ha sido siempre un «nada» evitativo.
Cuando alguien quiere cercanía y estructura, las propicia.
Lo que sí he perdido, a veces, ha sido la relación conmigo misma.
Y esa «misma» no estoy dispuesta a desconsiderarla.
Buen día, otro día.
María Sabroso.