Sabía que tener un bebé no iba a ser fácil. O eso pensaba que sabía. Porque realmente no tenía ni idea. Muchos libros, mucha teoría, mucho darle vueltas durante el embarazo para que al llegar el momento de la verdad me haya sentido más perdida que nunca.
El parto no fue malo por suerte. Así que al menos de esa parte no me puedo quejar. No quiero ni imaginar qué hubiera sido de mí con una cesárea y todos los dolores asociados.
Fue llegar a casa, dejar al pequeño en la cuna, mirar a mi marido y quedarnos con cara de «¿y ahora qué?» Todo había cambiado pero era imposible saber hasta qué punto.
Hemos dejado literalmente de dormir. El pequeño sólo duerme bien paseando con el carro y con nuestra estúpida teoría de que todo lo hacemos juntos, salimos siempre a pasear los tres. Las noches entre la lactancia, el suplemento que tenemos que darle, los cambios de pañal, los lloros y demás es imposible dormir.
Creo que lo único que estamos consiguiendo es medio alimentarnos y medio ducharnos.
Por suerte las visitas son mínimas y mis padres y mis suegros aparecen con tuppers de vez en cuando que nos salvan.
Y para rematar el postparto, las hormonas alteradas hasta el infinito, las ganas de llorar permanentes y el amor infinito hacia el pequeño, pero mirarme al espejo y no reconocerme, dolerme el cuerpo y pensar que ya no existo.
¡Qué complicado todo! Para rematar la lactancia con sus grietas, sus dolores, los problemas de enganche.
Una parte de mí está muy feliz. Pero otra siente que no puede más. Sé que no soy especial, que la gente puede con esto y más complicaciones, que soy una afortunada, tengo un bebé sano, un marido que entiende mis sentimientos y no debería quejarme.
Espero que nos adaptemos pronto a la nueva situación y que no todo sea tan difícil. Gracias por leerme y dejar que me desahogue.
