No lo leerás, ya lo se. Pero quizás con esto, yo logre despedirme.
Te quise desde que mis ojos se cruzaron con los tuyos. Y con aquel último beso, que me dejó con las piernas temblando comprendí que estábamos destinados.
Me enamoré tan rápido que no recuerdo el momento exacto en el que ya no pude soltarte. Y pasamos juntos tantas cosas que no se como afrontar lo que viene ahora.
Teníamos 22 años Juan, y avanzamos juntos. Aplaudí hasta que me dolieron las manos en tu graduación. Y sí mi amor, es hora de que sepas que te vi llorar cuando me tocó a mi.
Y fue entonces, con tu sueldo, y lo que quedaba de mi beca cuando nos fuimos a vivir juntos.
¿Recuerdas lo pequeño que era ese apartamento? Y por no tener, no teníamos ni una cama. Tres años dormimos en aquel colchón que a día de hoy todavía sigue en una de las habitaciones que nunca abrimos.
Tres años, en los que nos rompimos el corazón mutuamente, en los que nos separamos durante cuatro interminables meses para luego volver a tus brazos con más fuerza que nunca.
Y con la reconciliación llegó Raquel, que con sus pulmones de acero y esos tres kilos llenaron la casa de alegría. Cada día se parece más a ti cariño mío.
Y pasaron dos años más, y nos volvimos a separar. ¿Recuerdas el motivo tan absurdo por el cual cogí a la niña y una mochila con sus cosas? Eso es, yo no quería casarme. Si hubiera sabido lo que pasaría habría pasado diez veces por el altar en lugar de dejar las llaves de la casa sobre aquel mueble tan feo que tu madre nos regaló.
Pero no lo hice. Te echaba tanto de menos que hasta nuestra princesa se daba cuenta que no debía preguntar por ti. Pero no fui hasta a tu puerta como quería. Debí hacerlo Juan, perdóname por no llamar al timbre hasta quemarlo y suplicarte de rodillas que me perdonaras. Por no decirte lo muchísimo que te amaba y que te dije que no por miedo.
No lo hice, y cuando intenté acercarme de nuevo tu ya no quisiste verme. ¿Cuántas veces te pedí que comieramos juntos y siempre me decías que no?
Ya solo te veía cuando querías ver a Raquel. Era mi castigo, y mi regalo. Esos dos minutos en los que me recreaba en el verde de tus ojos.
La última vez que nos vimos, me dijiste que te ibas a Italia dos semanas por trabajo y que al volver tendríamos esa comida… Aunque tú la llamaste cita y mi corazón revivió, porque al volver a casa todo volvería a la normalidad. Porque al fin estaba lista para comprometerme. Pero ese día no llegó. Amor, desde que tuviste el accidente no he vuelto a coger el coche, y eso, que ha pasado un año y medio. Y ya no he vuelto a probar el alcohol, porque por tomarlo un crío de veinte años se chocó contra ti, llevándote de mi lado.
Cariño, a la niña le hablo de ti a diario. Tiene tus ojos, tu sonrisa y ese corazón tan grande que me robó el corazón.
Hemos vuelto a casa, pero no logro dormir en nuestra cama. Es superior a mi.
Allí donde estés, te amo. Y perdóname por no haberte dicho que estaba equivocada. Perdóname por no volver a ti esa misma noche. Perdóname amor mío.