Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Debo confesar que algunas noches, antes de caer dormida, justo cuando no soy ya dueña de la parte racional de mi cerebro, en mi mente se dibujan escenas dignas de las películas más macabras que he visto. Que he visto pocas, porque me dan mucho miedo, pero yo me transformo, me lleno de ira, de rabia, se me enciende un fuego por dentro que me hace creer que el interruptor ha hecho “click” y ya no hay marcha atrás. Se me pone la mandíbula tensa y una mirada que hace parecer amable la expresion de Lecter.
Me imagino a mi misma, sola, en una sala aterradora, tan aterradora como un aula de infantil un 8 de septiembre. Varias familias en el pasillo del colegio. Mis compañeros guardando las salidas para que ninguno escape. Salgo de la clase, los miro fijamente, elijo a mi presa y lo hago entrar. Comienzan las torturas; le hago sentarse en una silla de tamaño de un niño de 4 años. Y ahí, cara a cara, sin perder ni un minuto más, comenzaría mi discurso en el que decir todas las cosas que no puedo contestarle a un padre cuando estoy en mi papel de profesora. Sin sangre de por medio, me siento igualmente capaz de hacer pedir clemencia a casi cualquier persona.
Ser maestra es mi vocación. Es mi pasión y el único trabajo que he perseguido desde que tengo uso de razón. Disfruto con ellos, enseñándoles y más aún compartiendo el día a día de ambos, el de ellos y también el mio. Soy feliz haciéndoles partícipes de mis alegrías y mis penas, al fin y al cabo, pasamos juntos más horas al día que con nuestras propias familias. Ellos me ven a mí más que a sus padres y yo a ellos más que a mi propio hijo. Por eso no entiendo qué está pasando.
Debo decir, quitando el drama, que la mayoría de familias no suponen un problema, muchas colaboran y agradecen lo que hacemos. Pero ahí están, las manzanas podridas que contaminan el cesto. Las familias que lejos de confiar y remar juntos, se oponen y protestan por cada decisión que tomamos en los colegios. Y casi peor que éstas, las que se quejan de todo, las que se olvidan de cada recado, a las que todo les supone un esfuerzo pero que demandan más y más y más…
Las familias que recriminan que no les respondas un correo en los minutos siguientes a haberlo recibido. Que te piden cosas como si puedes atarle los cordones a su hijo, porque él no sabe, pero han pasado de tu instrucción de zapatillas de velcro. A las que les parece mal que se repartan caramelos en los cumpleaños pero que sí los piden en Halloween, que si la excursión de fin de curso es muy cara, pero si no vas a de excursión somos unos profesores retorcidos y despiadados, que al patio en enero no, porque hace frío, pero en mayo tampoco, por el calor. O si eso, si pueden traer un botecito de crema para que le demos a su hijo antes de exponerse al sol. Las que te cambian la cita de la reunión tantas veces que ya no sabes si citarlos un sábado a la hora de la sobremesa o ya, los que al despedirse antes de unas vacaciones te dicen que qué ganas de que vuelvan los niños al cole.
¡Vamos a ver si nos quedan las cositas claras! Lo damos todo por sus hijos, todo, ¿es tanto pedir que ellos nos den un poquito de amor, respeto y si les sobra, alguna sonrisita a cambio? Gracias
