Por unas horas, cada varias semanas, él es mío. No somos nada, hay quien diría que ni somos amigos. Porque si sientes algo por otra persona, ya no puedes ser su amigo, no? Has cruzado esa fina línea entre la amistad y ese algo más. Tampoco lo puedes llamar amor. Nunca ha habido un beso. Sólo abrazos sin testigos. Él no es libre (todavía, dice). Desde hace poco, yo si. Pero lo nuestro no puede ser. Eso dice él. Yo le creo. Y le doy la razón. Aunque a veces…
A veces se contradice. A veces se le escapa una mirada, te habla de ese «amigo» (ehem) con el que te llevarías bien. Te pide un abrazo, o si te ve triste te lo da. Presume de conocerte, de saber cuándo estás mal.
A veces parece querer cuidarte. Incluso llegas a creer que le importas. Pero no, ya te ha dicho que no puede ser, incluso tu le has dicho que no puede ser. Aunque llegan esas noches y todo se olvida. O hacemos por querer olvidar.
Al principio todo es normal, conversaciones banales, chistes y anécdotas de la semana. Luego todo se vuelve intenso, y empiezan las confesiones, los secretos, los traumas… Pero también hay espacio para la esperanza, para el futuro, para los sueños…
Luego llega el amanecer, la luz del día que nos devuelve a la realidad, dejamos de ser sólo «nosotros» y dejamos que nos engullan de nuevo los convencionalismos, las responsabilidades. Por unas horas incluso intentamos retener esos momentos a través del wasap. «Avísame cuando llegues a casa» «Has dormido bien?» «Que tal llevas la resaca?» Pero ahí ya no es mío. Es de ella. Y sufro.
Me debato entre la consciencia de estar sufriendo por lo que no puede ser y la ilusión de estar equivocada y que si pueda ser.
La teoría me la conozco pero…
Y si me equivoco?
Y si al final cambia de opinión? Si la deja a ella? Si decide darnos una oportunidad, debería dársela yo?
En unas semanas volverá a ser mío otra vez…
