Una de las cosas que me enamoró de mi novia fue lo bien que conducía. Al principio de nuestro noviazgo me venía a recoger a mi casa con su coche viejito y nos íbamos de excursión. Ella cogía el volante y yo me sentaba en el asiento del copiloto, ponía nuestra música favorita, bajaba la ventanilla y me sentaba a ver el paisaje pasar y de vez en cuando la miraba a ella, tan concentrada en la carretera, mil sentidos alerta pero relajada, cambiando de marcha con una sonrisa, incorporándose a la carretera con suavidad, manejando el coche como quien acaricia un amante. Yo iba con ella seguro y feliz.
Con el tiempo, se cambió de trabajo y se convirtió en repartidora de supermercado. «Qué bien, dijimos, con lo bien que conduces y lo que te gusta es un trabajo que vas a disfrutar.» Pero, ¡ay!, que levanten la mano aquellos que disfrutan de su trabajo…más bien pocos.
Por el contrario, el efecto que tuvo en ella fue el de aborrecer la conducción y eso no fue lo peor, empezó a conducir fatal. Pero cuando digo mal es muy mal. Iba rapidísimo, como una loca, cuando antes siempre había ido a una velocidad adecuada y tranquila; cogía las curvas como Cruella de Vil en «101 dálmatas»; pegaba porrazos al claxon por cualquier nimiedad; y para rematar sacaba la cabeza por la ventanilla para insultar a diestro y siniestro.
Yo lo pasaba fatal cuando montaba con ella y llegó un punto en el que su familia y yo tuvimos que hacer una intervención: o dejas este trabajo o va a acabar contigo y con alguno más en el camino.
Por suerte nos hizo caso y encontró un trabajo de administrativa, sentadita todo el día y tranquila. Lo malo es que su oficina está a 20 minutos en coche, una hora y media con atascos y ella se ha dado cuenta de que no quiere volver a sufrir esa angustia todos los días. Así que la semana pasada vino a casa diciéndome que estaba harta, que no había dejado de ser repartidora para convertirse en conductora de atascos, que se va a comprar una moto.
Si esto me lo hubiera dicho al principio, cuando conducía como los ángeles a mí me habría gustado la idea; pero ahora, con su nuevo modo de conducción temeraria yo estoy entrando en pánico. Me la imagino adelantando por la derecha, haciendo zigzags entre los coches a toda velocidad y me da de todo. Así que he protestado contra esta decisión todo lo que he podido y más, pero no me ha servido de nada. He tenido que claudicar, pero le he puesto una condición: que se case conmigo. Tenemos un hijo en común, un gato en común y una hipoteca en común; si le pasa algo no nos vamos a quedar desprotegidos.
Al principio no le sentó muy bien, dijo que menudo gafe, que vaya ideas, que en qué cosas terribles pienso, pero yo sigo erre que erre y ella sigue comiéndose dos atascos al día. Está tan harta que creo que voy a ganar yo, aunque, la verdad, me habría gustado más que nos casáramos por otros motivos.
