Mido 1 metro y 57 centímetros y nunca me he considerado fea, tampoco muy guapa.
Llevo casi la mitad de mi vida siendo superficial y juzgando. Por suerte o por desgracia, mi principal víctima, a la que juzgo y desprecio a diario soy yo misma.
Como casi todos, de pequeña fui asumiendo, gracias a los medios y también el mundo exterior, un concepto de belleza. Digamos que no tardé en interiorizar el mundo de los cánones.
Entre los 12 y los 13 me sentía de maravilla con mis tetas nuevas y mi actitud rebelde y, aparentemente, anti-sistema (qué ironía).
Muy rápido, de los 13 a los 14, las hormonas jugaron el resto de cartas, no todo iba a ser sangre por la vagina y tetas. Mis demonios estaban emergiendo y fui a una dietista que me dio batidos. Lo fui dejando y le quité hierro porque me enamoré hasta las trancas y eso era mucho más importante entonces.
A los 15 él me dejó y ella hizo una aparición estelar: la ansiedad. Unos cuantos años después supe que el acto de comer de manera compulsiva tiene nombre.
Mi segunda dietista no me dio batidos, aún así no terminamos de funcionar. ¿Sabéis lo que es avanzar dos pasos y retroceder tres?
Antes de los 16 pesaba 67 kilos. Puede no parecer para tanto, pero lo era para mí. Me odiaba.
Con 16, un año después de que conociera la ansiedad, decidí retomar las riendas de mi vida: poder aceptar mi cuerpo, volver a salir por ahí. Con 16. Aún me parece de locos. Otra dietista, doctora, y una dieta híper-proteica. Casi sin azúcar en el cuerpo bajé a los 54 kilos. La dejé y vino el rebote.
Psicológicamente estaba mejor. Empecé a salir, a divertirme, beber y fumar. También me empecé a enamorar. Intenté empezar otra dieta y no funcionó por el desorden de vida que llevaba. Sin embargo, aprendí muchísimo. Gracias a eso engordé muy poco a poco durante los siguientes años.
A los 18 me fui un curso al extranjero. Me apunté al gimnasio y me pesé: 64 kilos. Decidí ponerme seria.
Con 19 recién cumplidos, en junio, estaba en 56. Me sentía muy bien con mi cuerpo entonces.
Al volver a casa dejé el gimnasio.
Aún con 19 empecé la universidad. Pesaba 58. A mitad de curso me obsesioné y me equivoqué: limité muchísimo las calorías de mi dieta y bajé a los 54 sin hacer ejercicio.
Con 20, después de verano, había vuelto a los 58.
A los 20, en mi segundo año de universidad, me reconcilié con el deporte y empecé a intentar quererlo. Para verano, había alcanzado los 52,5 y estaba más en forma que nunca. Entendí lo que era llevar una vida sana y sentirse bien con ella.
A los 21 pasé un verano dedicado al deporte y a mantenerme. Pesaba 54 kilos en septiembre.
Me fui de Erasmus el primer semestre de mi tercer año de carrera y luché por seguir con los buenos hábitos. Estuve entre los 56 y los 53 todo el rato.
A la vuelta, ya en casa, llevar a ralla la alimentación está siendo un poco difícil.
Ahora tengo casi 22 y estoy en 55 kilos. Estoy sana, sí. También estoy lejos de cómo me gustaría. Tengo el mismo novio desde los 16, que me ha querido tal y como he sido y estado en todas mis etapas; sin embargo…
Hace tiempo me di cuenta de que no consigo quererme.
Últimamente he sentido que quizá necesito parar, dejar de obsesionarme y tomármelo con calma, hacer deporte por placer y darme un respiro. Me da miedo que se me vaya de las manos.
Se supone que es de valientes luchar y cambiar lo que no nos gusta, sin embargo, creo que estoy más cerca de ser una demente en este mundo enfermo que de ser una valiente.
Llevo más de 7 años perdiendo una batalla contra mí misma. Más de 7 años intentando cambiar para mirar al espejo tranquila.
Sé que estoy en la guerra equivocada, que lo que tengo cambiar no es mi cuerpo, sino la manera de quererme.
Me gustaría poder decir que voy a hacerlo pero no veo cómo. Parte del mundo está enfermo y yo me he subido al carro, viajo en él y no sé cómo se baja.
Sé que lo único que está mal en mí son los ojos con los que me miro; pero no sé cómo se hace, por dónde se empieza.
A todas las que os aceptáis, las que no tenéis miedo, os admiro muchísimo, muchísimo, muchísimo.