Hay cosas que nunca se olvidan. El libro que te marca, la pelicula que te hace reír a carcajadas o llorar un mar de lágrimas. La canción que siempre te hace brillar o la que te ayuda a expulsar la tristeza de tu organismo. Hay momentos que no olvidas, por mucho que lo intentas siguen grabados a fuego en tu cabeza. Yo nunca podré olvidar la forma en la que sonríe, ni como guiñandome un ojo me hace sonreír a mi.
Me gustaría deciros que fue una gran historia de amor, pero no. Más bien fue un triste historia, como tantas otras, de desamor. Un amor no correspondido que con el tiempo crece y crece, no hay quien lo pare. Intentar olvidar es mi objetivo este año, y si, digo intentar, porque hay que ser realista, decir solo olvidar sería creer en lo imposible.
Los más románticos, esos que aún creéis en los cuentos de hadas, os preguntareis que tiene ese chico de especial para que alguien esté tan pillada por él. Sinceramente, creo que nada. Si es cierto que es muy guapo y tiene espalda de nadador, además de un tatuaje que me trae loca, pero no es eso. Lo que me tiene aún detrás de él es lo que me provoca: confianza y seguridad. Es mi superhéroe particular, cuando estoy con él me siento segura y capaz de ser yo misma.
Los más escépticos sobre este tema, los que habéis dejado las almas gemelas dentro de las novelas, os questionáreis mi grado de inteligencia. Pues bien, os voy a confesar que no me considero un chica muy espabilada en estos temas, porque yo sí que creo en los cuentos de hadas. Pero si una cosa soy, es realista y sé que tengo que pasar página, cambiar de libro y escribir una nueva página en el diario pero cuesta.
Cuando me preguntan por él un montón de recuerdos se acumulan en mi cabeza y sonrío. No sé porqué, pero automàticamente siempre sonrío. Muchos días después de que le 2017 haya empezado le sigo pensando. Echarle de menos se está volviendo una costumbre. Y sí, duele.