¡Buenos días de sábado, bonitas!
Vengo a plantear un debate acerca de una cosa que me ha sucedido.
Bueno, pues hoy me he pesado por primera vez desde que empezó toda esta situación de confinamiento y demás. La verdad es que no soy mucho de pesarme en general, pero tenía curiosidad. Como era de esperar, he engordado. No me preocupa ni me obsesiona, la verdad. Estando la cosa como está, personalmente, engordar es la menor de mis preocupaciones. Y es precisamente esto sobre lo que quiero debatir:
Cuando he visto que había engordado, me he sorprendido, porque en realidad yo me veo mejor que antes. Aparte de que me veo más delgada, lo cierto es que este confinamiento he estado haciendo ejercicio y no sé, me encuentro activa y bien. Pero también es verdad que he comido peor que nunca. Y la realidad es que he cogido una cantidad de kilos que me sitúan en un peso que no es sano. He reflexionado y me he dado cuenta de que en realidad es una cosa que me ha sucedido siempre: he estado gorda desde que puedo recordar y nunca me ha preocupado. De hecho, siempre me he visto bien, nunca me ha obsesionado el peso ni me ha acomplejado, la verdad. La cosa es que estaba gorda y no lo veía, que lo estoy ahora y tampoco lo veo.

Por una parte me mola ser así, gustarme y no obsesionarme, quererme tal cual soy. Pero por otro lado, no sé hasta qué punto tener tanta autoestima es conveniente. Al fin y al cabo, aunque no sea por una cuestión física, debería perder peso por una cuestión de salud.
En resumen, el debate es: ¿cómo encontramos el equilibrio? ¿Cómo conseguimos querernos pero a la vez también darnos cuenta de que el aceptar nuestro cuerpo no siempre significa que sea lo mejor para nosotras? Sin llegar a ser un creído o una creída, ¿es tan malo el exceso de autoestima como la falta de ella para nuestra salud?
He estado un rato pensando sobre esto esta mañana y me ha apetecido compartirlo con vosotras a ver si os sucede también o qué pensáis.
¡Os leo! :) ¡Disfrutad del finde!