No sé ni por dónde empezar, porque cuando todo se desmorona tan rápido, cuesta encontrar el momento exacto en que todo empezó a ir mal. Pero supongo que fue cuando, después de seis años juntos (sin casarnos) y varios alquileres a la espalda, decidimos dar el paso de comprarnos una casa.
Ilusión máxima, ya sabéis. Pintar las paredes de colores cálidos, hacer planes de futuro, incluso hablar de adoptar un perro (yo ya tenía nombre elegido y todo). La hipoteca llegó en enero y, con ella, la idea de que por fin estábamos construyendo algo “serio”.
Spoiler: no era así.
A las pocas semanas de estrenar nuestra aventura como propietarios, él empezó a apagarse. Estaba raro, frío, distante. Yo preguntaba, claro, pero solo recibía silencios, evasivas o directamente ignoraba mis preguntas. Pero luego, en comidas familiares, sonrisas, bromas, planes ficticios. Y yo, tragándome las lágrimas para no preocupar a los míos.
Durante dos meses vivimos en una especie de obra de teatro cutre. Sin hablarnos en casa, pero fingiendo cariño en público. Hasta que un día, en Semana Santa, le pregunté si quería ir al pueblo, como siempre. Su respuesta:
—Tengo cosas mejores que hacer.
Y se fue. Sin más.
Fue entonces cuando lo supe. Cuando algo dentro de mí dijo: aquí hay otra persona. Y aunque no soy de esas que revisan cosas ajenas, lo hice. Hace un mes abrí su chaqueta. Encontré droga. Y una tarjeta con el nombre de una chica.
Me armé de valor y llamé.
—Hola, soy la novia de Narciso (nombre ficticio).
Silencio.
—¿Novia? Pero si Narciso es mi novio. ¡Llevo con él tres meses!
Y ahí estaba la respuesta que no quería, pero que necesitaba.
Quedé con ella. Le conté todo. Nos presentamos juntas en mi casa. Abrí la puerta, él estaba en el sofá, y solté:
—¡He traído visita!
Nunca había visto a un hombre tan blanco, tan pequeño, tan cobarde.
Vacaciones con ella mientras me decía que estaba cuidando a su padre enfermo. Festivales, playa, drogas. Todo con la otra. Y yo, en casa, cuidando la planta del pasillo y nuestras promesas vacías.
Tras esa escena, fui directa: le dije que llevaría a la chica a su casa. Él, nervioso, me amenazó:
—Si sales por esa puerta, no vuelves a entrar.
—Dímelo delante de la Guardia Civil.
Y allá que fuimos los tres. Muy de película, pero esta vez, yo con el guion aprendido.
Después de eso, empezaron las señales de alarma: me revolvió el joyero, me bloqueó en redes (a mí y a toda mi familia), empezó a registrarme cosas. Me sentí vulnerable, insegura… con miedo.
Hablé con un abogado y con el banco. Me dijeron que podía quedarme con la casa, dándole su parte. Él aceptó. Pero cuando fuimos a firmar, y con las ganas que tenía de perderle de vista, no le pedí las llaves. Pasó un fin de semana entero discutiendo con él porque no me las quería dar y finalmente tuve que ir hasta su nuevo piso a pedírselas. Dijo que ya vendría por sus cosas.
A día de hoy no ha venido. Pero mi sorpresa fue cuando el domingo pasado llego a mi casa después de darme las llaves y me encuentro ropa, tangas y perfumes de la otra. Había pasado el fin de semana ahí con ella mientras yo estaba con los míos, pero ya no me sorprendía nada. Solo me preguntaba: ¿De verdad esto está pasando?
Mi gente me decía que le quemara la ropa, que le tirara todo a la basura. Pero, sinceramente, me da miedo. Miedo de que este tipo, que ya ha demostrado que no tiene límites, me haga daño de verdad.
El “contrato” de recoger sus cosas terminó el viernes.
¿Vendrá? ¿No vendrá? ¿Me esperará en la puerta con más mentiras y amenazas?
No lo sé. Lo único que tengo claro es que yo sí he cambiado la cerradura. La de mi casa y la de mi vida.
Porque aunque me dejó un piso hipotecado, un perro sin nombre, y un montón de noches en vela… también me dejó libre. La cosa ahora es ¿qué debo hacer ante esta situación viviendo en mi casa con las cosas de ellos? Acepto todo tipo de consejos. Muchas gracias chicas!
