Hoy quiero contarles algo que me pasó en el colegio la semana pasada. Soy maestra desde hace varios años y en este curso mis niños y niñas tienen entre 10 y 11 años.
¿Por qué lo que ha ocurrido ha sido tan significativo para mí? Porque yo siempre fui la niña gorda de la clase, la niña de la que burlaban, la que siempre fue inexistente para los chicos…
La semana pasada durante el rato del recreo, viene el niño más popular de la clase, el líder, es muy querido y bastante inteligente (llamémosle Lucas). Viene y me comenta que tiene problemas con otros dos compañeros, han discutido por una confusión, se disculpan y todo arreglado. A los 2 minutos veo a (llamémosle Carla) llorando. Carla es la niña más gordita de la clase, esa niña con la que yo me identifico y seguro que muchas de vosotras también. Me acerco como puedo (unas diez compañeras la están consolando y abrazando porque la adoran), y me comentan que le han dejado de hablar los niños que se pelearon con Lucas. ¿La razón? Es su novia y ahora no le hablan a ella. Vino Lucas, la tranquilizó, la abrazó… Los demás no se separaron de ella en toda la mañana.
¿A qué viene todo eso?

Quizás pueda sonar a tontería, pero yo fui Carla, y cuando tuve 10 años jamás pensé que toda la clase me hubiese podido querer, que yo pudiese ser importante como Carla, y que el niño más popular quisiese ser mi novio.
Desde ese día no paro de darle vueltas, para BIEN, sobre la situación de mi clase. Quizás las cosas ya están cambiando y el peso deje de ser un motivo excluir a los niños y niñas y hacer que se sientan inferiores. No tenéis ni idea de lo que me alegro de que Carla no esté sintiendo lo que yo sentí de niña.