Amigas, os leo desde hace mucho tiempo, también comento asiduamente, y hoy me gustaría contaros mi historia. Una historia de esas que, si no me hubiera ocurrido a mí, no me la creería. Pensaría que es un cuento bonito para románticas empedernidas, para hacer sentir mejor a alguien. Pero no. El amor verdadero existe y quiero que aspiréis a él, que os traten como a reinas cada día. Empiezo:
Estoy casada con el hombre de mis sueños. Corrijo. Ni en mis sueños más enloquecidos, jamás imaginé que existiera alguien como él. Capaz de ser fuerte cuando es necesario pero dulce y tierno, que derrama lágrimas cuando su interior se lo pide y, sobre todo, que cuida de mi corazón y de mis sentimientos como si no hubiera nada más importante en el mundo.
Nuestro inicio de relación fue una vorágine de pasión: nos conocimos en un paso de peatones. Nos quedamos mirándonos el uno al otro fijamente, sin pestañear. Yo al menos, no podía ni respirar. ¿Qué me estaba sucediendo? Muy fácil: me enamoré de él a simple vista, como si un huracán, mil llamaradas y todas las fuerzas de la naturaleza me ataran el interior al de ese hombre. Os juro que me chillé a mi misma pero ya no había vuelta atrás: estaba sintiendo el amor que jamás, jamás en toda mi vida, había sentido.
Me fui a su piso apenas a los dos meses de conocernos, y ahora nos mudamos a un hogar mejor. ¿Cómo es la convivencia? De muchísimo amor, pasión y paz. Nunca he experimentado tanta paz y sosiego como cuando él está cerca.
¿Carga mental? ¿Eso qué es? Ni siquiera hablamos de ello. Tenemos una nota virtual compartida en la que anotamos qué necesitamos, él, yo o los dos vamos a la compra, yo, él o los dos fregamos los platos, ponemos la lavadora y tendemos… En definitiva, no es algo que tengamos que pactar y discutir, sino que miramos al otro y si vemos que está ocupado, lo hace la otra parte de la pareja en ese momento. Él se distrae jugando, yo leyendo, ambos dándonos miles de besos.

Podría pasarme el día hablando de nuestra vida en común, pero el resumen que quiero daros es este: yo era incrédula. Pensaba que algo así era totalmente imposible. ¡Pero es real! Así que no pongáis en una balanza las lágrimas y las alegrías a ver qué pesa más. Si no sois lo mejor a ojos de otra persona, tal vez no sea ahí.
Él me dice que soy perfecta. Y no lo soy, ojalá, pero si lo soy a sus ojos ya soy feliz. Él es perfecto a los míos, y lo es desde el día en que le vi por primera vez.
Un abrazo amigas.