Hola de nuevo a todos los que os habéis tomado vuestro tiempo en leer estas lineas.
De nuevo presentarme un poco. Soy un hombre, tengo 34 años y me gustan las mujeres XL. Si, me gustan, me parecen atractivas, encuentro placentera su figura, su visión y su compañía tanto amistosa como carnal. Así son las cosas.
Desde que tengo memoria es así, desde que comencé a valorar la compañía femenina mas allá de mera amistad o alguien tras la que correr para tirarle de las coletas. Por lo tanto, también fui desde siempre el raro en cuanto acababa confesando mis gustos. Por que aunque no tiene comparativa con vuestro problema, hay ciertos cánones masculinos que cuesta romper también por presión social, pero eso será para otra historia.
Pues bien, esta es mi primera historia, el principio del fin de dejar de tolerar según que cosas, mi despertar consciente al problema real de encajar a las personas o clasificarlas según su talla.
Pues había un joven «yo» deambulando por el instituto, mi primer año de Bachillerato, ya de los mayores de aquel edificio. En aquel cambio de la ESO a este nuevo ciclo hubo cierto intercambio de personas entre las aulas por lo que estrenábamos compañeros nuevos. Entre ellas había 2 chicas, dos amigas, dos amigas fuera de clase y compañeras de pupitre dentro. Las típicas «dos amigas» según mis amigos y compañeros «la guapa y la gorda maja». Por que así estaba establecido que tenia que ser.
Por aquel entonces era cómplice por mi silencio de tolerar esas cosas. Es decir, desde (mas) niño había sido criado en el estereotipo de que a toda mujer guapa se le pega una amiga gordita y forzosamente «maja» por que si eres gorda y desagradable al trato la desgracia para ella era doble y era su único recurso de «comerse» algo. Siento ser tan claro, pero entre los chicos está tan arraigado que nunca me plantee que pudiese ser de otra forma.
Volviendo al tema, resultó que aquella pareja era muy divertida y en seguida hicimos buenas migas, procurando estar juntos en toda actividad que podíamos dentro de clase y poco a poco se fue extendiendo a pasar también tiempo fuera de ella.
Poco a poco también fue sucediendo que la «amiga gordita» fue desapareciendo, quedando menos con su amiga por (aparentemente) temas de estudios, otros amigos y no se cuantas excusas mas, y al final de ese curso apenas coincidíamos mas allá de clase. También al final de ese año escolar dio inicio al verano con el consiguiente «amor de verano» con la «amiga guapa». Y literalmente fue de verano por que no llegó mas allá aunque seguimos conservando la amistad el año siguiente.
Y he aquí que ese ultimo año seguíamos los 3 juntos. Alguna cosa había cambiado con la «guapa» por lo que hubo pero seguía habiendo amistad. Huelga decir que los 3 nos pusimos al día de todo lo acontecido en el tiempo estival. Aquella amiga gordita, un buen día en que estábamos solos me hizo la confesión que mas me dolió de una chica hasta la fecha. Toleré estoicamente rechazos de todas formas y colores con dolor pero no fue como aquello: Resultó que desde que nos conocimos ella estaba por mi (y ahora os preguntareis «pues que chorrada, ¿que hay de malo?», pues seguid leyendo) pero que no me había dicho nada por MIEDO A COMO REACCIONARIA. Si exacto, la palabra que usó fue miedo, y no al rechazo, sino a como me lo tomase.
Miedo. Miedo por que desde niña siempre ha sido gorda, miedo a que me riese de ella por «pretenderme» me fue confesando mas adelante, miedo a sufrir, miedo a ser motivo de mofa y burla. Miedo a causa de lo que había conocido toda su vida. Presionada por sus padres por que adelgazase, presionada por sus amigas para que adelgazase, presionada por la moda donde en esos años no había nada «guapo» en lo que ella entrase. Miedo enraizado por años en los que la niñería de » a fulano le gusta mengana» cundo la «mengana» era ella solo era para mofa o escarnio hacia el «fulano», como si ser gustado por Mengana fuese como tener la lepra. Miedo por que en vez de correr tras ella para tirarle de las coletas, ella tenia que correr para que no le tirasen piedras o chicles en el pelo.
Así que allí estaba yo, con el alma caída a los pies. Frente a una persona, una de las mas dulces que he conocido jamas, que pese a conocerme y saber que no era de ese tipo de personas, no me dijo nada por que temía repetir el bucle en el que hallaba sumergida desde niña. Me quede total y absolutamente en blanco y por algún azar del destino en vez de hacerme pensar «que tontería» empaticé con ella y recordé todas aquellas historias contadas por aquella chica a las que ahora confieso no presté mucha atención por que hasta aquel momento me parecían simplemente «normales».
Decidí entonces que aquello no fuese normal. Me di cuenta de que hay personas que no han recibido apoyo en toda su vida. Decidí cambiar el chip y dejar de ser pasivo a esos comportamientos y menos aun seguir siendo participe de ese paso por la vida ciego a esas realidades. En mi vida posterior fui conociendo mas casos, y me fijé en lo importante de decir «eres guapa» «me gustas diga lo que diga la gente» por que el silencio no es ayuda a aquellas personas que en su vida han recibido una palabra amable con respecto a su aspecto. Que lo que algunos damos por hecho (damos por hecho en mayor o menor medida que podemos resultar atractivos parra alguien) es negado a algunas personas por culpa de comportamientos arraigados como los que he descrito.
Por ello quise compartir este tostón con quien quiera leerlo. Por que un «me gustas» aunque se sepa, alegra oírlo de alguien. Por que aunque se presuponga que en algún sitio puede haber alguien hecho para mi, es mejor que alguien le ponga voz.
No digo, una vez mas, que la «salvación» sea un hombre. NO. La felicidad solo puede salir de vosotras mismas. Esto solo es una reflexión nacida de quien sabe que es muy necesario para algunas personas saberse atractivas, saberse «gustadas», que no toda relación con la humanidad ha de estas marcada por el estereotipo del peso. Que es posible encontrar personas a las que eso nada importa y a las que no debéis temer acercaros. Simplemente creo que igual que pienso que en este mundo sobran armas y faltan besos, sobran reproches y faltan piropos. Sobran gritos de «gorda!» y faltan gritos de «guapa!». Y este es mi grito.