Divorciada y con el reloj biológico presionando, ¿debería alejarme? 

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    Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]

     

    Tengo 30 años, un trabajo decente, una hipoteca asumible, un físico normal y una personalidad sin estridencias. O así me considero yo. Mis amigos dicen que soy demasiado tímido y mis amigas, demasiado romántico. Mi madre, evidentemente, dice que soy muy guapo. 

    Reconozco que en una época de mi vida solo quería salir y divertirme. Pero hace unos años me di cuenta de que quería casarme y tener hijos; formar una familia como la que formaron mis padres me parece la manera perfecta de envejecer.

    Así que empecé a ir a citas, a registrarme en aplicaciones, a intentar encontrar el amor de mi vida. Todo eran fracasos: a veces los intentos no duraban más que una primera cita; otras, me ilusionaba durante semanas para al final descubrir que no congeniábamos o que teníamos red flags mutuas y no había ningún futuro. 

    Hasta que hace unos meses apareció ella, de la manera más casual, en una cena con amigos. En cuanto la vi me sentí atraído y, nada más hablar, noté la conexión. Creo que pensó que solo quería acostarme con ella, cosa que evidentemente me apetecía muchísimo, y al principio parecía un poco a la defensiva. En cuanto vio que quería conocerla de verdad, se relajó y todo fue muy fluido. 

    Al final, esa noche acabamos en mi casa y fue de película. Me vi formando con ella una familia, pero los fracasos anteriores ya me hacen ser más cauto. 

    Durante la semana siguiente no dejamos de intercambiar mensajes y el fin de semana siguiente volvimos a quedar. Nos estábamos conociendo y, cuanto más la conocía, más me gustaba. También tenía un buen trabajo, una hipoteca y la idea romántica de formar una familia. 

    Las semanas iban pasando y nos íbamos ilusionando, yo creo que los dos. 

    Una noche en su casa, cotilleando los libros en una estantería, encontré un álbum de fotos de boda. Ella era la novia; no me había contado que había estado casada, pero es cierto que nunca habíamos hablado de nuestros pasados sentimentales.

    Me contó sin rodeos y sin problemas. Se casó después de diez años de relación y cinco años viviendo juntos con el que parecía el hombre de su vida. Nada más volver de la luna de miel, descubrió que la engañaba con otra mujer. Pasaron meses intentando solucionarlo hasta que vieron que no era posible.

    Lo pasó muy mal y estuvo años sintiéndose incapaz de estar en una relación. Hasta que aparecí yo y lo cambié todo. Me dijo que me quería por primera vez. A una parte de mí le pareció pronto, que quizás estábamos corriendo con unas palabras tan importantes. Pero a otra parte de mí le resultó tan bonito y tan intenso que por supuesto le dije que yo también la quería.

    Siguieron pasando las semanas y cada vez pasábamos más tiempo juntos, en su casa o en la mía, y todo parecía seguir avanzando. 

    Hasta una tarde tonta en su casa en la que empezamos a hablar de dibujos animados y de programas de la tele de cuando éramos pequeños. No entendí cómo parecía que no habíamos visto lo mismo y cómo nuestros referentes eran distintos. 

    Me miró sorprendida, no entendiendo que yo no lo entendiera. «¿Cómo vamos a haber vivido lo mismo si nos llevamos 12 años?». «¿Cómo?», respondí totalmente perdido. 

    Resulta que tiene 42 años y yo 30. Y ella daba por supuesto que yo lo sabía y que no había problema. Yo había asumido que teníamos la misma edad y que teníamos años por delante para viajar, después casarnos y tener niños.

    Todo se me revolvió y me dio la vuelta la cabeza. Pero después de solo salir unos meses no me sentí en posición de empezar a hablar de futuro y de niños. Aunque en mi cabeza todo había cambiado. 

    Seguimos como si nada y pasamos una buena noche. No quise que nada cambiara y las siguientes semanas seguimos como si nada. 

    Pero claro, sigo dándole vueltas. Estamos en situaciones diferentes. Me dijo que quería hijos naturales, igual que yo, y entiendo que ya no cuenta con mucho tiempo por delante. Pensaba que teníamos margen y ahora resulta que hay una presión encima que no me gusta nada. 

    Estoy hecho un lío. Por un lado, ella me encanta. Por otro, no quiero ser padre a la carrera sin sentir que es el momento.


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