Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Llevo en el oficio bastantes años, siempre he trabajado de maestra en colegios, pero este último año he necesitado más liquidez y me he puesto a dar clases particulares por las tardes. De manera que he terminado de confirmar lo que siempre había sospechado: la mayoría de los niños son muy muy vagos, más vagos, como se suele decir, que la chaqueta de un guarda.
En el cole observas a muchos niños y los llegas a conocer en profundidad, además tienes lo que los padres no tienen: perspectiva. Y en clase se nota quiénes son más trabajadores y quienes lo son menos, aunque en muchas ocasiones los padres te dicen que su hijo se pasa la tarde estudiando y trabajando, con lo que en realidad no terminas de saber del todo qué falla.
En los niveles de primaria no suele haber diferencias muy grandes, más allá de niños que tengan alguna necesidad especial. Pero puedo decir que, en general, los padres siempre piensan que sus hijos son más listos y trabajadores de lo que en realidad son.
Al ir a casas y ver la otra cara de la moneda que normalmente no veo en el colegio y que quizá solo puedo intuir, lo he terminado de confirmar. Les mandas hacer dos sumas —¡dos!— para el día siguiente y no las hacen, les mandas hacer una redacción del cumpleaños que han tenido y tampoco, un trabajo creativo y mucho menos, algo por proyectos y te miran estupefactos… Pero es que hasta les dices las preguntas de los exámenes: «Miguelito, estudia solamente estas cuatro preguntas, que son las que van a entrar» y ni eso.
Os podéis imaginar mi cara cuando salgo de dar la clase y me esperan fuera los padres contándome lo trabajador e inteligente que es su retoño, pero que el pobre se pone nervioso al hacer los exámenes en el colegio, que esa no es manera de evaluar a los pobres niños, que es una presión que no pueden soportar… Y yo pensando, «señores, su hijo/a tiene un morro que le llega hasta el suelo».
