Mi amiga Sara y yo nos conocíamos de toda la vida: mismo barrio, mismo colegio y nuestras madres eran amigas.
Todo lo hacíamos juntas, éramos prácticamente como hermanas. Durante nuestra adolescencia creo que pasaba más tiempo en su casa que en la mía.
Ella siempre ha tenido un carácter bastante fuerte. La verdad es que nuestra relación de amistad fue bastante tóxica, ella siempre con comentarios y actitudes desagradables hacia mí y yo siempre perdonando. Recuerdo una vez que nos fuimos de camping con otro amigo, íbamos los tres en el coche de Sara. Un día mientras hacíamos la compra, ella se enfadó muchísimo conmigo por un malentendido, pero no entraba en razón. Su reacción fue avasallarme a insultos y faltas de respeto. No contenta con eso, pretendía dejarme tirada en el supermercado, que estaba en un polígono industrial perdido de la mano de Dios. Si no llega a ser por mi amigo que le hizo entrar un poco en razón creo que todavía seguiría allí, llorando y hundida en la mierda.
Obviamente, como siempre que pasaba algo así, yo la perdoné. No porque ella se dignara a pedir perdón, simplemente, como otras tantas veces, ella al día siguiente hacía como si no hubiera pasado nada.
Lo peor de todo empezó poco después de ese episodio. Conoció a una chica y se enamoró locamente de ella. Relación tóxica de manual. Mi amiga Sara tuvo unos cuantos episodios bastante críticos de salud.
Día sí y día también, Sara acababa con ataques de ansiedad y más cosas. Todo provocado por una discusión o alguna conversación poco apropiada por parte de su nueva novia.
Tanto su familia como yo nos pasábamos los días preocupados por ella, yendo y viniendo al hospital porque teníamos que llamar a emergencias cada vez que le daba un ataque.
Fueron meses muy duros para todos los que la queríamos. Prácticamente una vez por semana tenía un ataque, venía la ambulancia y se la llevaba. Acabó unas cuantas veces ingresada en psiquiatría, pero cuando estaba un poco mejor la dejaban salir. Ella nunca quiso acabar de entender y saber que le pasaba, así que los médicos nos dijeron que tampoco la podían obligar, ya que era mayor de edad.
Un día decidió irse con su novia a otro país (la novia era originaria de allí) y la cosa fue a peor.
Allí también le daban ataques pero la novia no hacía por ayudarla ni llamaba a una ambulancia.
Fueron muchas noches las que pasé aquí esperando a que me llamaran para contarme lo peor y un día llegó. Nos llamó a toda su familia para “despedirse” (creo que esto no necesita más explicación). Por suerte, su novia llegó a tiempo para que se la llevaran al hospital.
No os podéis imaginar la angustia y preocupación que teníamos todos aquí. Su madre le rogaba que volviera a casa y, por fin, un día volvió, con la novia incluida.
Aquí los episodios se repetían cada vez más. Uno tras otro, el siguiente peor que el anterior. Era un sin vivir para ella y para las personas que la queríamos. No se dejaba ayudar, no quería saber nada de ir al médico, la novia cada vez la trataba peor y entraron en un círculo vicioso de peleas-ataques-reconciliación.
Hasta que un día yo ya le perdí la pista.
Me costó mucho tomar esa decisión pero toda esta situación me estaba afectando directamente a mi. Tomé la decisión de anteponer mi salud mental y mis necesidades a las suyas. Muchas veces no me siento orgullosa de ello pero, sinceramente, no podía más. Como amiga intenté hacer todo lo que estaba en mi mano y más, sin ningún éxito. A cualquier persona que intentara ayudarla la acababa apartando (y no de buenas maneras). Todo esto me costó muchas sesiones de psicólogo para llegar a entender que hay situaciones que no dependen de mí y no puedo arreglar por mucho que lo intente y que no puedes ayudar a quien no quiere ser ayudado.
Así que si, una desamistad duele igual que un desamor. Han podido pasar cinco años desde que no somos amigas y muchas veces la echo de menos, me encantaría explicarle todo lo que ha cambiado mi vida desde entonces: compartir con ella buenos momentos, presentarle a mi hijo y a mi pareja, saber que ha buscado ayuda y tratamiento para lo que sea que le pase y que la vida le sonríe.
Otras veces me acuerdo de todo lo que pasamos y me alegro de la decisión que tomé, por muy dolorosa que fuera en aquel momento.
