Escribo esto como homenaje a mi misma. Me gustaría compartir aquí el primer relato de una serie que quiero empezar a partir de hoy.
Todo lo que escribiré, lo haré para mi y para aquellos que lo necesiten. Quiero abrazar a mis antiguas versiones y darles voz. Quiero abrazar las sombras de mis vidas, porque he vivido tanto y tan intenso que cada vez que he pensado en escribir, he tenido la duda ¿se puede vivir múltiples vidas dentro de una? Por lo visto la respuesta es; Si.
No se si mis historias serán compatibles con este sitio, si alguien quiere leer o no, pero todo, absolutamente todo lo que escriba es parte de mi vida, que aunque a mi misma me cueste creerlo, he vivido y sobrevivido todo.
Diario de una mujer feliz y de @vidas_im_perfectas
Es increíble como funciona la mente, como funciona el cuerpo, como lo que en determinado momento pensamos que nos puede matar, luego ni siquiera lo podemos recordar.
Es difícil creer que ese dolor insoportable o esa situación que nunca podremos superar, con el tiempo la borramos totalmente y ni siquiera haciendo los máximos esfuerzos logramos recordar con exactitud lo que pasó.
De ese día no recuerdo mucho, solo sé que entre otras cosas estaba pasando por una “ruptura”. Lo escribo así, entre comillas porque el chico en cuestión no era ni siquiera mi novio.
Era un hombre con el que llevaba saliendo los últimos 5 años de forma intermitente y sin ningún tipo de compromiso por su parte. Los días previos me había vuelto a “dejar”, y nuevamente alegaba que no me quería, que no se imaginaba un futuro conmigo y que se me merecía ser feliz, cosa que conmigo no podría tener nunca ya que se sentía incompleto y vacío a mi lado.
Por supuesto su rechazo me destrozó, pero no solo porque yo lo quería y estaba enamorada de él, sino por todos los rechazos que había recibido hasta ese momento. En ese entonces, nunca me había sentido querida ni por mi madre, ni por mi padre. Nunca tuve una figura representativa que me quisiera de verdad y eso era lo que yo siempre había anhelado.
Su rechazo se sumó a la gran cantidad de rechazos sufridos a lo largo de mi vida, su abandono fue el eco de todos los anteriores y en ese momento pensé que era lo único que merecía.
El problema no era él y su falta de amor; el problema era la falta de amor constante en mi vida. El problema no era su desprecio; el problema era el desprecio que yo sentía hacia mi misma.
Si nadie me había querido, ¿Cómo iba a quererme yo misma?
Si nadie me había enseñado a respetarme, ¿Cómo me iba a respetar yo?
Si nadie me ha dado nunca mi lugar, ¿Cómo se supone que yo aprendería a hacerlo sin ningún tipo de referencia?
El dolor era insoportable, el dolor de esa situación presente sacaba a flote y removía todo el dolor que había sentido desde los días de mi nacimiento, me hacía evocar una sensación familiar que venía arrastrando desde hace mucho, como si el dolor viniera de vidas pasadas, de otros tiempos, de otras dimensiones donde había vivido lo mismo y que ahora, el día de hoy, ya no era capaz de volver a sepultar en lo más hondo de mi.
En los días posteriores a la ruptura y al nuevo rechazo se había abierto el abismo que escondía todos mis sentimientos emparedados bajo capaz disfrazadas de odio, intolerancia, amargura. Mi corazón había sido roto una vez más y esta vez no había esperanzas de recuperarlo.
Ahora que lo recuerdo, es curioso porque no solo dolía emocional y mentalmente, sino también físicamente. Tenía la sensación de que algo muy pesado estaba sobre mi que no me dejaba respirar del todo y cada esfuerzo por hacerlo dolía más y más.
En vista de que esto ya no tenía cura, en vista de que volver a sepultar todo esto dentro de mi era imposible, y teniendo como referencia que en los últimos 32 años la historia se repetía, una vez más lo tenía claro; la solución era la muerte. Ya lo había intentado antes infructuosamente.
Lo curioso de todo esto es que cada vez que he tenido ganas de morirme, no ha sido para dejar de existir, sino para tener la oportunidad de renacer. He querido tener la oportunidad en otro espacio y en otro tiempo de volver a empezar. He querido tener tiempo para hacer las cosas diferentes y ¿por qué no? si tenía suerte, en esta nueva vida poder contar con un entorno diferente que me permitiera dar todo lo que tenía que ofrecer.
Siempre pensaba que esta vida podía aceptarla como un sacrificio, como una penitencia, que ya había cumplido mi pena y podía avanzar a la siguiente, sin cargas. Libre de culpas, pecados y reproches.
El 28 de mayo de 2021 después de días en oscuridad total, del llanto más grande y profundo que había tenido hasta ahora, tomé la decisión.
Esta vez no sería como aquella en la que no pude lograrlo, ahora haría bien las cosas y no dejaría cabos sueltos.
Lo primero que pensé, como siempre, fue en mi madre. No podía dejarle a ella toda la carga de mi muerte, así que ideé un plan, y me dispuse a vaciar mi apartamento. Empecé a recoger todas y cada una de mis cosas, y las bajé a los contenedores de basura.
No se cuantos viajes hice, solo se que fui tirándolo todo y apartando en algunas maletas las cosas que pensé que ella podría aprovechar. Todo lo demás, terminó en la basura.
Me encargué de dejar todo limpio y solucionado para que ella no tuviera que cargar con nada. Cuando llevaba la mitad del apartamento vacío ya no quería hacerlo, ya me había cansado físicamente y solo quería acostarme a dormir, pero a este punto era imposible. Si me dormía, cabría la posibilidad de que al día siguiente me despertara arrepentida y me echara atrás. Ya no podía hacerlo, no después de haber tirado ya la mitad de mis cosas, la mitad de mi vida, así que me di ánimos; esta sería la última vez, el último cansancio.
Ya no quería morir pero tenía que hacerlo porque quizás mañana, quizás dentro de un mes o quizás dentro de un año lo querría, y me arrepentiría de haber perdido la oportunidad. Para mi esa muerte por dolor era inevitable, terminaría llegando y mejor ahora que más tarde. No podía seguir acumulando dolor.
Así que termine de recogerlo todo y cuando ya estaba todo terminado, y solo me quedaba tomarme los medicamentos que tenía, me percate de una cosa; solo tenía puesto un vestido, sin nada de bajo. Toda la ropa, incluso la ropa interior la había tirado a la basura. Me iría de este mundo con ese vestido ligero de flores y nada más. Había pensado en darme un baño antes de morir pero no tenía toallas en casa, así que simplemente, seguí adelante con el plan.
Me tomé todas las pastillas que tenía y además me eche unos cuantos chorros en la boca de un medicamento antipsicótico líquido que me había traído de la casa de la mujer que cuidaba, y me acosté para intentar dormirme.
Al poco rato empecé a vomitar, el dolor físico me hacía retorcer pero no dejaba de repetirme: tranquila, esto es lo último, ya pronto pasará, aguanta que dentro de nada ya todo habrá acabado.
Intentaba aguantar las ganas de vomitar pero no podía, mi cuerpo estaba caliente, hirviendo, me retorcía del dolor, mis músculos se ponían rígidos en formas extrañas y lo comprendí, algo no iba bien, llevaba así unos 15 minutos y no iba a morir.
Cogí el móvil como pude y llamé a urgencias, expliqué lo que me había tomado y pedí ayuda. Mientras me enviaban la ambulancia, llamé a mi madre, le conté lo que había hecho. Ella vivía cerca, como pude me arrastre a abrir la puerta de la casa, y ahí me quedé, tirada en la entrada de la casa, con el culo al aire nunca mejor dicho y sintiendo el frío de las baldosas que calmaban el incendio dentro de mi.
Cuando llegó la ambulancia, y me estaban subiendo en ella, pasé frente a los contenedores que tenían mi vida entera pero no pude decir nada. No pude decirle a mi hermano que ahí tirado estaba todo lo que me quedaba de vida.
Hay muchas cosas que casi no recuerdo, hay muchas cosas que me he tenido que obligar a recordar, pero es curioso, la hora que ponía el mostrador de urgencias donde me estaban registrando no la olvido; 3:33am.
Llegué hasta pensar que había sido una alucinación hasta que vi la foto del informe que ponía: hora de entrada, 3:34 am, los segundos que habían pasado desde que vi el reloj hasta que pudieron completar el ingreso.
Recuerdo que cortaron mi vestido a la mitad, no sé por qué ya que no era un vestido ceñido, era más bien ligero.
Recuerdo el frío de sentirme totalmente desnuda, pero el frío no era físico ya que mi cuerpo ardía, era el frío del alma.
En 2021 los hospitales estaban llenos de enfermos de covid, gente debatiéndose entre la vida y la muerte, gente que quería vivir y luego estaba yo, una suicida.
Recuerdo que me dejaron totalmente desnuda en esa camilla durante horas.
Recuerdo que me pusieron una sábana por encima unos segundos antes de que mi madre viniera a verme.
Recuerdo que en cuanto la vi, lo primero que hice fue pedirle perdón, pero lo que más recuerdo fue su respuesta; Perdoname tu a mi, porque algo no debí haber hecho bien para que tu estés aquí así.
A lo mejor esas palabras, a lo mejor esas disculpas era lo que había necesitado oír toda mi vida, porque despertó algo en mí que me hizo darme cuenta que todo daba igual, no merecía morir, que no tenía que hacerlo y que tenía que seguir adelante.
Recuerdo que mi mamá se tuvo que ir porque solo la dejaron entrar 10 minutos por cortesía.
Recuerdo todo lo que decían las enfermeras de mí, la indignación que causaba en ellas que yo decidiera acabar con mi vida, cuando los demás enfermos se aferraban a lo poco que quedaba de la suya.
Recuerdo las quejas a sus superiores preguntando si estaban obligadas a “cuidarme” ya que querían dejarme morir porque me lo merecía, era un desperdicio usar una cama en mi cuando había tanta gente luchando por vivir.
Recuerdo las llamadas por teléfono a los de la ambulancia, reclamando que me habían recogido y alegando que me tenían que haber dejado unos minutos más a ver si me moría de verdad.
Recuerdo que me volvieron a quitar la sábana, que volvieron a dejarme desnuda, recuerdo quejarme del frío y las respuestas; para ti, no hay nada. no te lo mereces.
Recuerdo en algún punto haber pedido una mascarilla, no por protegerme del covid, sino para cubrirme un poco del frío y recuerdo las risas, la burla. Parecía que había contado un chiste; una suicida pidiendo mascarilla.
Ese día no fallecí, pero si morí. Murió esa vieja versión. Ese día maté todas las ansias de muerte.
Ese día, a las 3:33 renació una mujer que sigue teniendo y lidiando con muchas dificultades, pero las dificultades propias de una vida normal y común.
Incluso, me atrevo a decir sinceramente, que vivo una vida con las dificultades de una persona con suerte.
Solo quiero destacar que no juzgo la actitud de las enfermeras, las comprendo totalmente, yo misma trabajé en primera fila en el año 2020 cuando el covid estaba empezando y sé lo duro que es ver a la gente luchando por sobrevivir. Y aunque no lo juzgo, es parte de mi historia y creo necesario contarla.