Era un lunes cualquiera, y mis amigos y yo nos vinimos arriba (como siempre) y directos que nos fuimos a nuestro bar de siempre a tomarnos una copa y jugar un billar, para sorpresa nuestra al llegar y verlo cerrado, después de muchas vueltas conseguimos otro sitio donde beber y reír.
Nada más sentarme en la mesa, vino él: alto, ojos azules, tupe y un acento italiano que se escuchaba a kilómetros. Tan sólo al ofrecerme la carta y mirarlo fijamente a los ojos pude quedarme inundada en ese mar.
Pasaron varias horas y varias copas por nuestras manos, todo era buen rollo, risas y alguna sonrisa pícara entre el camarero y yo. Como siempre me monto películas cuando veo a un tío que me mola no pude intuir yo lo que estaba a punto de ocurrir.
Entre risas, billar y más copas me dieron ganas de ir al baño, le dije a mi amiga que me acompañara pero cuando nos disponíamos a ir le llamaron por teléfono y tuvo que salir fuera del bar, yo ya no me aguantaba más asique me fui sola. El baño de ese bar parecía el típico de película en la que te van a extraer los riñones, bajando unas escaleras oscuras y al fondo de un pasillo enorme, donde no se escucha absolutamente nada del piso de arriba. Ya me disponía a subir cuando saliendo del baño, me tropiezo con mi barman, que había bajado al almacén. ¡Ay! Discúlpame, ni te había escuchado, le dije toda sonrojada y muerta de la vergüenza, -No te preocupes, hacía tiempo que no me tropezaba con algo tan bonito- me respondió él. Eso solo ayudo a que me pusiese aún más roja y apenas pudiese hablar. Nos miramos durante unos segundos a los ojos sin decir ni una palabra, ninguno quería irse, pero tampoco sabíamos que decir. Fue él quien se lanzó y me beso, lentamente por si quería apartarme, pero eso era lo último que quería en ese momento. Nos empezamos a besar en ese pasillo cochambroso como si se nos fuese la vida en eso, y tanto que si se nos iba.

Poco a poco entre tanto beso y meternos mano entramos de nuevo en el baño, cerró la puerta de un golpe y me apoyo sobre la pared, mientras seguía comiéndome la boca y el cuello su mano fue lentamente subiendo mi falda hasta llegar ahí, ya estaba mojada y eso le puso aún más de lo que estaba, me fue tocando de una manera que nunca antes me habían hecho, hasta que no pude más y me estremecí de tal manera que tuvo que taparme la boca para que no nos escuchase nadie. Mientras llegaba le miré ese mar de ojos y podía sentir como eso le ponía aún más y más. Tras haberle empapado la mano me dio la vuelta de manera brusca me levanto la falda hasta las caderas, él se desabrocho y empezó a embestirme, de una manera tan sutil y tan fuerte que se me escapaban los gemidos en cada golpe. No sé qué me ponía más en esa situación, si tener a tremendo hombre dándome tanto placer o el morbo de que nos pudiesen pillar en cualquier momento. Paro por un momento de penetrarme mientras entraba alguien al cubículo del al lado, me tapa la boca para que no haga ruido, asique me doy media vuelta, me arrodillo y me tapo la boca de mejor forma, comencé a chupársela como si se me fuese la vida en ello, me encantaba sentirlo, y a él sentirme, lo notaba como temblaba y a la vez intentaba mantenerse fuerte. Cuando ya nuestra vecina se marchó, él se sentó y me puse encima, lo cabalgue con más ganas que nunca después de los meses que llevaba en sequía, me encantó dominarlo y a él que fuese yo quién llevase el mando. Mientras él me masturbaba y yo le cabalgaba llegamos ambos a un orgasmo mágico que nos envolvió durante unos segundos como si no estuviésemos presentes. Nos miramos de nuevo a los ojos y un último beso surgió, no con tanta pasión pero si con más complicidad.
Nos vestimos y cada uno volvió a lo suyo, pasamos el resto de la noche entre medias sonrisas y miradas furtivas, pero solo nosotros sabremos lo que ese baño cochambroso presencio. Ahora mismo no sé de qué tengo más ganas, si de volver a ese extraño bar y ver qué puede pasar o quedarme para siempre con el recuerdo de ese extraño y alucinante encuentro.